
Son muchos los factores que pueden explicar este declive. Desde una bajada de su consumo en España a la globalización de los mercados agrarios europeos, unida a la falta de una organización común de mercado por parte de la UE. Oscilaciones de precios y reducciones drásticas de superficies han dado lugar a una profunda crisis y al desánimo en el sector. Lo cierto es que los agricultores hace tiempo que buscan alternativas a su escasamente rentable cultivo, aunque Neiker, el Instituto Vasco de Investigación y Desarrollo, heredera de la tradición de la estación de mejora, sigue lanzando nuevas variedades al mercado en busca del producto perfecto. Algunas han tenido mucho éxito. Zorba y Gorbea, Leire o Irati son algunas de las últimas. Todavía se recuerda el intento del lehendakari Ardanza a mediados de los ochenta de convencer a los americanos de que las alavesas eran las mejores patatas para distribuir entre sus tropas. Desgraciadamente, no superaron los rigurosos controles de calidad.
También el Gobierno vasco ha aprobado líneas de ayudas al cultivo, para garantizar su mantenimiento, y la Diputación alavesa apuesta por apoyar un producto local de mucha raigambre cultural. Para octubre se ha organizado en Vitoria el III Congreso Iberoamericano sobre Investigación y Desarrollo, coincidiendo con la celebración en 2008 del Año Internacional de la Patata
A pesar de todo, en las cocinas de las casas de labranza de las zonas productoras se rumia la desesperanza. «De la cuna de la patata hemos pasado al lecho de muerte. No hay futuro», comenta la madre de una gran familia de agricultores de Ezkerekotxa. «Los patateros somos como los curas. Estamos en peligro de extinción», remata Javier López de Heredia, de 57 años, labrador de Gaceo, que ha visto desde niño la Solanum tuberosum, el nombre científico de la papa de los Andes, donde nació hace 8.000 años.
En la nave de Gaceo, donde Javier, su mujer Blanqui Elizondo y su hijo Eduardo, seleccionan y ensacan sus tubérculos Monalisa de siembra, hace un frío que pela. Hay que forrarse de ropa para aguantarlo. «Los pies se quedan fríos», dice la mujer. Así al menos 3 meses a pesar de la maquinaria. En abril, a sembrar y a continuar el ciclo. Un viaje curioso porque la semilla es de Holanda y Escocia. Se multiplica aquí y se vende para que Galicia produzca patata de consumo. Javier seguirá porque es lo que ha hecho toda su vida, y lo que hicieron su padre y su abuelo. En 2007 ha cultivado 9 hectáreas que producen en torno a 300.000 kilos que hay que mimar antes de envasarla en sacos de 25 kilos. «No tiene comparación con otras. Este tubérculo es muy bueno», sostiene Javier. Su hijo Eduardo compagina la ayuda en casa con su trabajo en una fábrica. El futuro no está claro en la tierra.
«La patata es la que más dinero y más disgustos me ha dado», confiesa Consuelo Beitia, agricultora de Ascarza, aunque nacida en Zurbano. No le asusta trabajar duro y si un cliente viene a por tubérculos a una hora intempestiva, nunca le dirá que no. «Me gustaría poner un poco de esperanza en este cultivo. Da trabajo, es arriesgado, hay años malísimos. Pero esto se mide de cinco en cinco años. Por una cosecha que se va al traste no se puede tirar todo. Además está la caja de compensación para esos años nefastos. Si la envasas tú se saca para seguir adelante».
Consuelo Beitia ha conseguido tener patatas todo el año mediante un sistema muy complejo de refrigeración, que supone naturalmente una gran inversión. El riesgo está asegurado. «Vivimos con mucha incertidumbre y además no estamos en ninguna cooperativa. Vamos por libre. El año pasado nos pagaban 0,22 euros el kilo. Este año a 0,9. Pero hay que estar al pie del cañón. Ofrecer calidad, precio y un buen servicio a la gente. Yo la vendo por sacos sueltos y me va muy bien», concluye Consuelo.
Todo el año
Roberto Ruiz de Infante, de Oreitia, y expresidente de la UAGA, es gerente de Udapa, la cooperativa dedicada a la producción y comercialización de la patata de Álava. Tras mostrar una impresionante nave en Júndiz para el almacenaje y envasado del producto, reconoce una paradoja. «Hemos crecido cuando el sector en Álava ha ido para abajo».
El secreto ha sido la adaptación al mercado. «No nos fijamos en el productor, sino en la demanda. Hace falta patata todo el año en las tiendas. Como Álava no produce lo suficiente, la importamos. Eso nos permite abastecer a nuestros clientes siempre. De Francia, de Castilla, de Sevilla, según el mes, vendemos un 75% del total. De Álava, un 25%», comenta.
Pero el compomiso social de la empresa está en la defensa del buen producto alavés, el label. «Es la marca, la notoriedad. No hay cantidad, pero sin duda hay potencialidad. Hemos tocado suelo. En adelante iremos para arriba», concluye.









