Existe un sector intermedio, el de los adolescentes, tan pretendidamente adulto como para pasar de la magia propia de las fechas, pero tan torpe aún como para creer, como en la pasada Nochevieja, que ordenadores o fotocopiadoras pueden obrar el milagro de adelantar su fecha de nacimiento ante los ojos de un portero de discoteca.
Tan vigilada como ellos ha estado la propia comitiva real, cuyos camellos han sido revisados por las autoridades, competentes o no, con el resultado de más de 57.000 juguetes retirados del mercado durante el ya pasado año.
Dadas las previsiones económicas, el mismo mercado parece invitarnos a retirar también de nuestra vida inalcanzables lujos como la comida, el gas, el butano o la propia vivienda.
Y mientras la inmensa mayoría se hunde en la mierda, con perdón, otros resurgen literalmente de ella; es el caso del neoyorkino indemnizado con seis millones por resbalar con una caca de paloma o del bilbaíno indemnizado a su vez por sufrir en voz alta los ruidos de los basureros de su calle.
Y es que siempre cohabitarán los que saben buscarse la vida con los que seguimos siendo tontos del haba, rosco mediante.









