
El fin del festival de baile y danza en el frontón Astelena marcó el comienzo del desfile que por primera vez salió de Untzaga en lugar, de como nos tienen acostumbrados, de la estación de tren. Los primeros en aparecer fueron cerca de 40 antorcheros y media docena de pajes, a los que siguieron Sus Majestades de Oriente que a fila de uno bajaban por la calle Isasi hasta su carroza, aparcada en pleno Untzaga. En frente, padres y niños se agolpaban en la acera, los primeros aguardando paciente y los segundos inquietos, al no poder contener la moción.
«El mío es el de la barba blanca, como el de mi ama y mi amama», gritaba Ekain González, de 5 años, que aunque se ha portado «regular» ha pedido al rey Melchor «patines, una bici, juegos para la wii, un pijama y más cosas que no me acuerdo» .
En la carroza, los tres Reyes Magos esperaron los primeros tonos de la banda de música municipal para comenzar el desfile. Los gritos y aplausos arrancaron a modo de cohete. Como auténticos fans adolescentes, los pequeños eibarreses dejaron sus gargantas y gritaban el nombre de su Rey favorito para llamar su atención y recordarle sus regalos «no sea que esta noche se le olvide traerlos» comentaba un pequeño emocionado.
En medio de una copiosa lluvia de caramelos que no cesó durante todo el recorrido, los nervios de los pequeños iba en aumento. Ahora el objetivo no eran tanto Sus Majestades, sino llenarse los bolsillos de los preciados tesoros dulces.
El carruaje, precedido por un vehículo camuflado por paquetes de regalos y peluches, se engalanó para la ocasión con una palmera y gracioso camello, además de por una estrella roja e imágenes de la Natividad. Con un paso más bien apresurado recorrieron Calbetón y Bidebarrieta hasta la plaza de Urkizu, donde la comitiva de pajes y antorcheros pudo por un momento unirse al resto de los niños y coger algún que otro caramelo.
Egoitz, Jon, Leire, Maiale y Danel, alumnos de 5º de Primaria del colegio Urkizu, y el resto de antorcheros vestidos de azul, rojo y verde, ocuparon de nuevo sus puestos una vez que el carromato dio la vuelta al final de la calle Karmen.
«Echa más caramelos», gritaban. Otros más osados, como Amer Bergeraldi, de 4 años, se escabullía entre los niños mayores para llenarse los bolsillos. Su rey era Gaspar y en sus ojos, después de la rápida carrera tras la cabalgata que le llevó por toda Eibar, se presentía que esa noche iba a dormir de un tirón.
De vuelta en Untzaga, después de que unos gamberros tiraran huevos desde la plaza de Euskal Bizikleta, los eibarreses se agolparon junto al Ayuntamiento. En el patio interior del consistorio los tres Reyes Magos procedieron a recoger las cartas de los más rezagados.





