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DE CUANDO EN CUANDO
El náufrago
08.01.08 -

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Como soy proverbialmente despistado, a veces me encuentro en circunstancias comprometidas y una de ellas me ocurrió la noche del pasado día de Navidad. Se lo cuento hoy porque creo que el caso no pierde actualidad. Había estado pasando la tarde en una casa de Indautxu con unos amigos y para estar más cómodo dejé sobre una mesita la cartera, las llaves y el teléfono móvil. Lo hago a menudo y, después cuando me marcho, vuelvo a coger mis pertenencias.

Sin embargo, esta vez, quizás entretenido con la conversación, surgió el despiste y salí de la casa con los bolsillos vacíos dejándome allí el telefonito, la cartera y las llaves. Tan sólo tenía un bono del metro en el bolsillo, con un solo viaje, lo suficiente para volver a casa. Y volví. Y fue al llegar a mi portal cuando me di cuenta que tenía los bolsillos vacíos.

¿Qué podía hacer? Pensé en telefonear o pedir prestados a alguien un par de euros para volver a buscar mis cosas, pero tampoco eso era posible porque a aquella hora (eran las diez y media), aquella noche de Natividad, todos los bares donde me conocen y donde podía exponer mi problema estaban cerrados a cal y canto. Y allí estaba yo en la calle solitaria como náufrago en isla desierta.

No es la primera vez que esto me ocurre, pero siempre me ocurrió a horas más honestas y entonces acudo al quiosco de periódicos de Lorenzo a pedir un empréstito. En otra ocasión me pasó también en la plaza del Ensanche y tuve que ir hasta la frutería de la calle Aguirre donde compro mis tomates especiales y pedir un préstamo. Pero en la ocasión que hoy les refiero, en aquella noche y a aquella hora, todas las soluciones posibles me estaban vetadas.

Entonces acudí al metro y le pedí al jefe de la estación de San Ignacio que me prestara dos euros hasta el día siguiente. Estaba dispuesto incluso a dejarle mi reloj como garantía, pero, por fortuna, no hizo falta. El hombre vio mi cara de sinceridad y mi edad respetable y me resolvió el problema abriéndome la puerta de acceso al andén y llamando por teléfono al jefe de la estación de Indautxu para que hiciese lo mismo a mi llegada.

Y así fue como dos funcionaros del metro lograron salvar a este pobre náufrago despistado.
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