Sin embargo, esta vez, quizás entretenido con la conversación, surgió el despiste y salí de la casa con los bolsillos vacíos dejándome allí el telefonito, la cartera y las llaves. Tan sólo tenía un bono del metro en el bolsillo, con un solo viaje, lo suficiente para volver a casa. Y volví. Y fue al llegar a mi portal cuando me di cuenta que tenía los bolsillos vacíos.
¿Qué podía hacer? Pensé en telefonear o pedir prestados a alguien un par de euros para volver a buscar mis cosas, pero tampoco eso era posible porque a aquella hora (eran las diez y media), aquella noche de Natividad, todos los bares donde me conocen y donde podía exponer mi problema estaban cerrados a cal y canto. Y allí estaba yo en la calle solitaria como náufrago en isla desierta.
No es la primera vez que esto me ocurre, pero siempre me ocurrió a horas más honestas y entonces acudo al quiosco de periódicos de Lorenzo a pedir un empréstito. En otra ocasión me pasó también en la plaza del Ensanche y tuve que ir hasta la frutería de la calle Aguirre donde compro mis tomates especiales y pedir un préstamo. Pero en la ocasión que hoy les refiero, en aquella noche y a aquella hora, todas las soluciones posibles me estaban vetadas.
Entonces acudí al metro y le pedí al jefe de la estación de San Ignacio que me prestara dos euros hasta el día siguiente. Estaba dispuesto incluso a dejarle mi reloj como garantía, pero, por fortuna, no hizo falta. El hombre vio mi cara de sinceridad y mi edad respetable y me resolvió el problema abriéndome la puerta de acceso al andén y llamando por teléfono al jefe de la estación de Indautxu para que hiciese lo mismo a mi llegada.
Y así fue como dos funcionaros del metro lograron salvar a este pobre náufrago despistado.





