Cuando yo ingresé en 'La Gaceta del Norte' aún pude conocer a dos periodistas que usaron la pluma estilográfica hasta el final de su vida; don Aureliano López Becerra 'Desperdicios' y don Eusebio Zuloaga. En aquella redacción sólo había dos máquinas de escribir para toda la plantilla y todavía recuerdo la alegría con que celebramos los redactores el día en que compraron una máquina de escribir para cada uno. Nos pareció el no va más del avance técnico.
Pero el progreso jamás se detiene y aquellas máquinas de escribir que nos parecieron la máxima aspiración de un periodista a la hora de trabajar han pasado a ser piezas de museo. Hoy el ordenador es el dueño absoluto de nuestra vida laboral. Incluso yo que he sido enemigo declarado de ese cacharro he tenido que someterme a su tiranía, y hasta envío mis comentarios por correo electrónico. Toma del frasco Carrasco.
Sin embargo, como soy observador he comprobado que, a pesar de que el ordenador ha enviado a la máquina de escribir a un rincón del museo de antigüedades, hay algo de aquella vieja máquina que el ordenador ha adoptado como un elemento básico de su mecanismo: el teclado.
Aquel teclado que aprendí yo de jovenzuelo y que se denominaba entonces «teclado universal» sigue siendo hoy el mismo teclado del más avanzado ordenador y la disposición de las letras la aprendí recitando unas curiosas palabras encadenadas cuyas iniciales indicaban el orden de las teclas. La primera frase decía así: Quintín Washington En Rusia Tuvo Ya Un Instituto Oculista Portugués... etc, etc.
Observe usted lector las iniciales de estas palabras y comprobará que el orden de colocación de aquellas letras de las viejas máquinas de escribir es exactamente el mismo que utiliza hoy su ordenador último modelo. Es como un homenaje que el progreso futuro rinde al progreso pretérito.





