«Mi padre, aficionado a la caza, tenía un perro setter idóneo para la perdiz y al que había educado para cobrar la pieza abatida, prendiéndola con su boca pero sin morderla lo más mínimo.
Pues en cierta ocasión -hablo ya de hace muchos años atrás- en mi casa se presentó un vecino de un caserío cercano con una curiosa denuncia que trasladó a mi madre. El vecino, alarmado porque las gallinas habían dejado de poner huevos, se quedó una mañana de madrugada y de 'guardián'.
Cual no fue su sorpresa al descubrir que 'Lor' (así se llamaba el perro), satisfacía sus instintos raciales, con un curioso juego consistente en prender una gallina con la boca, jugar con ella, paladearla gustosamente y por fin soltarla con la consiguiente algarabía de todo el gallinero en general».
Hasta aquí el relato de Daniel que me sugiere algunos comentarios. Yo creo que el perro no intentaba ni asustar a la gallinas ni alborotar el gallinero. Se limitaba sencillamente a entrenarse para cobrar piezas de caza sin dañarlas, que es para lo que estaba adiestrado. Lo que no sabía yo es que un susto tenía ese efecto biológico de suprimir la producción de huevos.
Pero al margen de estas consideraciones, me cuesta entender es que el dueño del gallinero no se enterase del escándalo que organizaban sus aves cada noche al aparecer el perro en el gallinero. Porque no creo que exista en el mundo un conjunto de aves que, al asustarse (y el susto era morrocotudo) supere en sonoridad a las gallinas.
Lo que se le ha olvidado a usted, amigo Daniel, es decirme cómo se las arreglaba el perro para entrar en el gallinero, ya que por muy listo que sea un perro de caza -y los hay que saben latín- no creo que ninguno haya aprendido a abrir cerrojos.





