
Mi amigo era un forofo de la caza y un buen día le ofrecieron un magnífico perro de la raza braco, que se define como un buen perro perdiguero. A mi amigo le gustó la estampa del can y, como también le gusto el precio, lo compró con mucha ilusión.
Llegó el domingo y mi amigo salió de caza llevando su nuevo perro. Llegó al lugar de la cacería, y comenzó la batida en busca de alguna pieza que se pusiese a tiro para ver en qué forma actuaba el braco. La pieza apareció y mi amigo que es cazador experto, se echó la escopeta a la cara, apuntó y ¿Pum! acertó en el blanco.
Entonces el perro entró en acción, pero lo hizo en dirección contraria a lo que mi amigo esperaba, porque al oír el estampido del disparo el chucho dio un salto y salió huyendo a toda la velocidad que le permitían sus cuatro patas, que era mucha (contando además con el acicate del susto) y se perdió de vista. Mi amigo recorrió todo el terreno una y otra vez, pero resultó inútil; el perro no apareció y tuvo que volverse a casa solo.
Como no estaba dispuesto a quedarse sin perro, mi amigo volvió al día siguiente y preguntando aquí y allá, ¿Albricias! encontró a su perro. Se fue con él a un bar a tomarse un tentempié y para evitar nuevas fugas ató el perro a una silla. Lo malo fue que alguien, por un descuido, derribó un banco del bar y el perro al oír el ruido, recordó sin duda el estampido del día anterior, y salió disparado del bar arrastrando la silla que se fue desarmando con los golpes de la carrera.
Esta vez, por fortuna, mi amigo no tardó en encontrar el perro atado a un trozo de silla. Volvió con él a casa y no recuerdo lo que hizo al final con el chucho. No sé si lo vendió o lo regaló. Pero lo cierto es que no volvió a llevarlo en sus excursiones cinegéticas.





