El gran auditorio se hallaba semivacío. Acudieron pocos estudiantes, un puñadito de aficionados veteranos, bastantes medios de comunicación y algunos fans franceses que se hicieron notar (también era francesa la señora de edad avanzada que nos abordó a la entrada esgrimiendo un panfleto antitaurino; «no te lo cojo, yo estoy a favor de los toros», zanjé, pensando en las torturas que cometen en el Hexágono contra ocas, gansos y patos para producir paté). Otro galo es el escudero de Murphy, el guitarrista Olivier Durand, quien cosechó no pocas ovaciones. Las seis primeras canciones las ejecutaron con el respetable sentado. Cansinas y serenas, con voz melancólica, bastante teatralidad, madurez rock y aura dylaniana, se alcanzó el culmen de esta media docena en 'Green River', composición inspirada por el Nervión.
A la séptima Elliott observó que el ambiente era muy frío. Solicitó a la gente que se reuniera frente al tablado y ya con casi todos en pie la cosa adquirió otro cariz. No medró la fortaleza, pero sí discurrió el asunto con más comodidad para los músicos. Rocanroles ('Last Of The Rock Stars'), recitados solemnes ('On Elvis Presley's Birthday'), un clásico pretérito ('Diamonds By The Yard', de épica embridada) y en el bis un fogonazo ('I Wanna Talk To You') descollaron como hitos de una cita exenta de magia, pero a la que no se pudo pedir más. Seguro que se supera en las dos próximas fechas vizcaínas.





