
Para empezar, todos los camiones que entran al matadero a depositar sus animales deben pasar a posteriori por una especie de túnel de lavado, de lo contrario no podrán abandonar las instalaciones. Cada ganadero deberá abonar alrededor de diez euros por la desinfección del interior del vehículo, ya que «si se da el caso de que alguna de las reses que trasportaba tenía una enfermedad se corre el riesgo de contagio», explica el jefe de Seguridad Alimentaria y Zoonosis, Jon Uribarri. Al terminar el proceso se le hará entrega al propietario de un certificado sanitario que deberá mostrar en la caseta ubicada en la entrada del matadero para poder volver a su respectiva explotación.
El agua es otra de las cuestiones a tener en cuenta. Desde hace cuatro meses, el matadero bilbaíno dispone de una depuradora que evita que toda la suciedad que se acumula en el interior del recinto y que se elimina a base de agua acabe en la ría. Cada día se depuran alrededor de 500 metros cúbicos de agua residual.
La sangre sigue un camino diferente. Cuando se corta en el cuello al animal para que suelte toda la sangre, ésta no cae al suelo de la zona de sacrificio. Bajo la cabeza del animal hay colocado un contenedor de acero que acumula todo el flujo que expulsan las reses. La sangre va directamente a un depósito en el que se cuece para después dejarse enfriar, al puro estilo morcilla, en una serie de containers situados en el exterior de la nave.
Una vez seca, se junta con otros residuos animales, tales como las vísceras, para proceder a su traslado a un vertedero autorizado. El volumen de sacrificios que tiene lugar en el matadero lleva a cocer alrededor de 2.000 litros de sangre al día.





