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Sociedad

la revolución del tren de alta velocidad
«El AVE me ha cambiado la vida»
La alta velocidad transforma los hábitos de viaje en Valladolid y Segovia con conexiones ágiles y frecuentes con Madrid que permiten olvidarse del coche a trabajadores y turistas

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«El AVE me ha cambiado la vida»
«Antes dormía en un hotel cuatro noches por semana. Ahora puedo acostar a mis hijos todos los días. ¿Hay algo mejor que eso? El AVE me ha cambiado la vida». Piero Capponi, un profesional del sector inmobiliario, ilustra con su ejemplo la revolución que ha significado para miles de ciudadanos la conexión de alta velocidad entre Madrid, Segovia y Valladolid, que entró en funcionamiento el pasado 22 de diciembre. Ese día, en el que los niños de San Ildefonso cantan los números de la Lotería Nacional, «nos tocó el 'gordo' a todos», se comenta en la región.

La capital castellana y la ciudad del acueducto han abrazado con pasión la llegada de los trenes veloces, símbolo de prosperidad y de un nuevo futuro en el que ambos núcleos tratan ahora de posicionarse, cada uno con sus armas. Valladolid, con la esperanza de captar profesionales, empresas y negocios que ahora radican en Madrid. Segovia, impulsando su carácter turístico y con la seguridad de que captará nuevos vecinos entre los «desencantados del estrés madrileño», apunta su alcalde, Pedro Arahuetes.

El AVE, más que ningún otro medio de transporte, demuestra que «trabajar en una ciudad diferente a la que se reside es posible, eficiente y, en el caso de Madrid, hasta recomendable», enfatiza Arahuetes. Con la nueva línea, Valladolid se ha quedado a 56 minutos de viaje de Madrid. El trayecto a Segovia ronda la media hora. En ambos casos, menos de la mitad que antes y con la posibilidad de aprovechar el trayecto para desayunar, leer la prensa, avanzar trabajo con el móvil y el portátil o relajarse con un libro. Cosas que el avión permite a medias y, por supuesto, nada que pueda hacerse si el desplazamiento se cubre en coche. Dejarlo en el garaje ha sido para muchos de los viajeros consultados esta semana por EL CORREO, «la gran liberación».

Las nuevas ciudades AVE toman posiciones, pero los cambios llegarán a medio plazo. Los efectos del tren en Valladolid y Segovia apenas se esbozan aún. En el corto, son las historias del tren las que enseñan qué es lo que ha cambiado en estas primeras semanas, en las que el servicio comienza a asentarse. En sus primeros 25 días, el AVE castellano transportó a más 30.000 personas. En todo el mes de enero, ya fueron 40.000. Y todo induce a pensar que será, como lo fue en Sevilla, un suma y sigue.

PIERO CAPPONI

Viaja a diario de Madrid a Valladolid

«Antes me pasaba la semana en un hotel»

Piero gesticula como sólo lo saben hacer los italianos para tratar de transmitir su devoción por el AVE. «Me ha cambiado la vida», garantiza. El representante en Castilla y León de la firma inmobiliaria Tecnocasa vive en Madrid, pero tiene su puesto de trabajo en Valladolid, donde dirige una docena de sucursales. «Hasta ahora, me pasaba la semana en un hotel. Al menos, de lunes a jueves», recuerda. Ahora, con el AVE, «duermo todos los días en casa. Lo cojo a las siete y media de la tarde y a las nueve estoy ya con mis hijos, de 6 y 8 años. ¿No es como para estar agradecido?», dice. Alterna viajes en turista y preferente y trata de contratarlos con 15 días de antelación para obtener un descuento del 60%. Hoy viaja por 37 euros ida y vuelta. «Y lo de los retrasos -advierte-, es un bulo. De 40 viajes que he hecho este mes, sólo uno ha llegado con algo de demora, y fue menos de diez minutos. Y a cualquiera que viva en Madrid y sufra sus atascos -remata-, un retraso así le parece de risa».

MANUEL LOZANO

Escenógrafo sevillano. 34 años.

«En Bilbao tendrá tanto éxito como en Sevilla»

Nada más localizar su asiento en el AVE, Manuel Lozano enciende su portátil. «De momento, para 'trastear' un poco. Pero seguro que acabo revisando cosas del trabajo», aventura. Vive y trabaja en Sevilla, pero un proyecto para una bodega de Ribera del Duero le obliga ahora a viajar a menudo a la capital vallisoletana. «No hay ningún otro medio más competitivo que el tren. El avión no lo es, desde luego, y los sevillanos hace ya años que hemos dejado de lado el coche para ir a Madrid». Lozano sube en el AVE de las 19.35 y llegará a casa para acostarse antes de la medianoche, y eso que en Madrid deberá cambiar de estación: de Chamartín, a donde llega el tren del Norte, a Atocha, desde donde salen los del Sur, un trasbordo obligado hasta que un túnel perfore Madrid para unir ambas terminales. «No cambio el AVE por nada. Soy un usuario empedernido -sigue Manuel-. Habré cogido entre 150 y 200 en mi vida. No es barato, pero es cómodo, rápido y sin retrasos ni cancelaciones. Sé que en el País Vasco están empezando las obras y parece increíble que haya quien esté en contra. Bilbao también es una ciudad de negocios, como Sevilla, con mucho tráfico hacia Madrid, lo he visto en su aeropuerto. No seáis tontos, allí tendrá tanto éxito como en Sevilla».

IGNACIO JALÓN Y AGUSTÍN BOCOS

Promotor y abogado. 53 años.

«Dejar el coche en casa es un lujo»

Al atender a EL CORREO, Ignacio Jalón y Agustín Bocos, de 53 años, despiertan recuerdos de Euskadi. El primero, de sus veraneos en San Sebastián y Zarautz, reminiscencias de un abuelo de Etxarri Aranatz a quien le tiraba la costa vasca. El segundo, de su carrera de leyes en Deusto. «Tengo recuerdos magníficos de Bilbao. Volví hace poco y oye, ¿vaya cambio», dice.

La conversación transcurre en el AVE, pero más parece que lo hace en el León de Oro o en alguna de las otras cafeterías con solera de la plaza Mayor de Valladolid. Ambos viajan a Madrid acodados en la barra de la cafetería del último AVE, a las siete y media de la tarde. Jalón, de vuelta de un día de negocios y de verse con posibles compradores de los locales y naves industriales que promociona. Bocos, para asistir como letrado a un juicio la mañana siguiente. Apuran una cerveza y un botellín de licor en un coche-bar en el que el café se paga a 1,40 euros y el refresco, a 1,90. «El coche es un horror en esta zona. No sólo porque el viaje cuesta el doble de tiempo que en el AVE, sino porque de noviembre a marzo todos son nieblas, heladas y nieve. Dejarlo en casa en un lujo», confiesan, pisándose las frases uno al otro. «Mi padre -tercia Jalón- decía que España es un país demasiado pequeño para el avión y demasiado grande para el coche. El tren es el medio de comunicación ideal, aunque sin alta velocidad la cosa cambia. Aún recuerdo las catorce horas que me metía hasta Cádiz para hacer la 'mili'», ríe.

FERNANDO RICO Y ELVIRA SÁNCHEZ

Viaje de familia

«Ya no dependemos de nadie»

Quien no conduce, tenía hasta las pasadas Navidades en Valladolid y Madrid dos opciones para desplazarse entre ambas capitales. El autobús de línea (dos horas de viaje, 12 euros la ida) o el tren regional, un lento traqueteo que, en ausencia de los túneles bajo la sierra de Guadarrama que estrenó el AVE, obligaba a un buen rodeo por Medina del Campo, Arévalo y Ávila. «Nosotros solíamos recurrir a familiares o amigos para ir a Valladolid, de donde es la familia de mi marido», cuenta Elvira en el viaje de regreso a la capital de España. «Ya no tenemos que hacerlo. El tren es más caro, pero compensa en comodidad y rapidez. Una pequeña cabezada y ya estamos en Madrid», agrega Fernando, mientras busca postura en su asiento.

ALMUDENA SAN ROMÁN

21 años. Selección de personal.

«Aprovecho el viaje para estudiar»

«Me queda Derecho de la Función Pública. Un hueso. A ver si me la quito», resopla Almudena San Román, de 21 años, en el andén del AVE en Valladolid. Regresa a casa, a Madrid, después de una jornada de entrevistas. «Trabajo para una empresa de selección de personal. Estamos buscando comerciales para un cliente aquí, en Valladolid. Con el AVE ha sido un gozada. Otros compañeros tienen que ir a León o Salamanca, una paliza en coche. He tenido suerte. Esta mañana he tardado más de casa a la estación que de Madrid a Valladolid», ríe. En el vagón, rescata los apuntes y repasa con el ánimo de acabar cuanto antes la carrera de Relaciones Laborales en la Complutense. «Antes hacía estos viajes en coche. Pero es una gozada poder dejarlo en casa».

JOSÉ MANUEL MASIELLO Y AGUSTÍN RODRÍGUEZ

Informáticos en la veintena

«No creo que vuelva a coger el coche»

Camisa blanca, corbata y portátil abierto nada más arrancar el viaje desde la estación de Chamartín. José Manuel Masiello chequea su correo electrónico desde el AVE gracias a una pequeña tarjeta inalámbrica de Internet adosada a su computadora, la única fórmula de conectarse a la red en ruta hasta que los trenes no proporcionen señal vía satélite, lo que no parece cercano. «Vamos a visitar a un cliente para el que trabaja nuestra empresa», cuenta, mientras suena el móvil de su compañero Agustín Rodríguez y reproduce en pocos minutos el estrés de un día de trabajo en Madrid. «Es un viaje rápido. Vamos por la mañana y volvemos por la tarde. Antes solíamos hacer el desplazamiento en coche, pero yo creo que nunca más. Era pesadísimo, y no puedes aprovechar el tiempo para nada. En invierno, 20 kilómetros de niebla no te los quita nadie».

Viajar y trabajar es una constante en los vagones. En turista, donde las azafatas no ofrecen los periódicos del día -en preferente sí lo hacen-, se despliegan a primera hora hasta cinco y seis portátiles por vagón.

ARANTXA OBLANCA

Profesora de inglés. 36 años.

«Ahora veo más a mis hijos»

Arantxa mira alrededor y localiza con quien compartir taxi desde la estación AVE de Segovia hasta el centro de la ciudad, un recorrido de 7,5 kilómetros que sale por unos 8 euros. Lo encuentra y, al menos, se ahorrará un pico. «Vengo todos los días de Palencia a Segovia, donde doy clases de inglés en la Escuela de Arte», indica. «Hago Palencia-Valladolid en coche, y ahí me cojo el AVE. Ahorro tiempo, y puedo ver más a mis hijos», explica.
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