Aunque por caminos diferentes, los dos han llegado a una misma conclusión. Los centros residenciales para los mayores constituyen un negocio con futuro. ¿La razón? Es sencilla. El logro social que supone el aumento de la esperanza de vida acarrea una importante demanda de servicios especializados que sólo la oferta pública es, hoy por hoy, incapaz de cubrir por sí misma.
De regreso a Vitoria, después de representar a Fournier en Londres, Enrique Fernández de Alegría decidió «dar un uso al caserío de mis abuelos David y Adela. Pensé que nada mejor que una residencia de ancianos. Además, de chaval había tenido contacto con este mundo por una tía monja». Después de una «fuerte inversión para reconvertir la vieja casona en una modernísima y acogedora residencia», Arcaia Zahar Etxeak abrió «con los mejores profesionales» porque «desde el primer momento he tenido muy claro que quiero ofrecer calidad. Sin calidad, no hay futuro». Un año después, el centro de 22 plazas está al completo «y con lista de espera». ¿Qué es calidad? «Algo más que cuidados básicos», responde la encargada, Marina González San Pedro. «Es también acompañarles al médico, celebrar los cumpleaños, tener las instalaciones impecables», enumera.
Mimos en Lakua
Verónica Martínez es la encargada del geriátrico Lakua. Seis meses después de su inauguración, la joven se muestra satisfecha. «Este trabajo te tiene que gustar y a mí me encanta. Claro que hace falta paciencia, pero el agradecimiento que demuestran cada vez que les ayudas o les das unos pocos mimos compensa mucho».
Su hermana Chantal es la propietaria del centro y cotitular de otro en la calle Brasil. Comparte una a una las opiniones de Verónica. «Me gustan los niños y los ancianos. Al final, me decidí a trabajar con mayores. Estoy feliz. Para mí, es como tener muchos abuelos». ¿Qué ofrecen? «Calidad y un contacto continuo con las familias porque ellas demandan información sobre sus padres. Los traen aquí porque no pueden atenderles, pero no se olvidan de ellos», asegura.









