Lo de las basuras es otra historia. Pagar por ellas es algo que no casa bien con nuestra moral judeocristiana, tan dada a la ocultación y al disimulo desde antiguo. Recuerden que ya el emperador Vespasiano aumentó la presión fiscal que Galba había disminuido hasta la bancarrota. Restauró los impuestos abolidos y creó algunos nuevos, como la llamada 'tasa del orín' por el uso de los urinarios públicos, a los que en su honor llamaron 'vespasianas'. Cuando su hijo Tito -otras versiones dicen que algún senador- le reprochó que llevara su voracidad recaudadora hasta exacción tan infame, puesto que procedía de una necesidad fisiológica, el emperador se hizo llevar un cofre con el dinero de los impuestos y, llevando a la nariz del interpelado un puñado de sestercios, observó: «Non olet».
Ahora a las basuras les llamamos 'RSU' (Residuos Sólidos Urbanos), que suena vagamente a marca de condones suecos, y desapareció el problema. Las tasas por este concepto no están unificadas en Vizcaya y en cada localidad varía el coste, según la distancia al centro de reciclaje y según la parte que sufrague el Consistorio. El máximo y el mínimo se dan ambos en Bilbao, que registran siete categorías distintas de basuras, que van desde un mínimo de 38,56 euros al año a 162, 28.
Será por la cantidad. Los ricos producen más basura que los pobres, aunque es de suponer que de mejor calidad, por lo que su valor residual debería ser más alto, ahora que hemos comprendido la necesidad del reciclaje y aspiramos a llegar a la meta de la sostenibilidad.





