
«Cuando vine aquí, pesaba 54 kilos. No me tenía en pie. Estuve una semana en coma... Si es que llevaba no sé el tiempo durmiendo en el parque del Prado», recuerda este vitoriano, de 49 años, a quien diagnosticaron sida hace ya más de dos décadas. El caso de Andoni es un ejemplo de que no todos los enfermos del VIH están condenados a morir. Él lo tiene cada día más claro.
Está decidido a llevar «una vida ordenada» porque sabe que las nuevas combinaciones de fármacos antirretrovirales sirven de mucho «si uno se cuida». Lo ha aprendido en Besarkada Etxea, después de muchos años de no hacerlo. Ahora aprecia la vida tranquila, «la buena alimentación, los paseos por el campo y el tener unos horarios». Valora estas rutinas porque, después de más de dos décadas de convivir con el sida, tiene una ilusión: «vivir como mínimo otros 22 años».
Como muchos de los afectados, Andoni elude precisar cómo se contagió porque a nadie le importa. A él lo que le interesa es denunciar que «falla la implicación de Osakidetza». Además, reivindica un mayor compromiso de las instituciones para impedir que «se convierta en una enfermedad social. Y por el camino que va, así va a ser», dice en referencia a la carestía de los tratamientos, lo que impide el acceso a los fármacos a las clases más bajas y a los países pobres.
«Volver a hacer algo»
Andoni es ahora pensionista. Pero hubo un tiempo en el que trabajó «en todo. He sido decorador, encuadernador y también he trabajado de peón en la construcción». La enfermedad le acarreó una incapacidad laboral, que él espera poder superar algún día. «Quiero volver a hacer algo más que ser pensionista».
Todavía no ha llegado el momento oportuno para que deje la casa de Arriaga, pero está convencido de que ese día llegará. Antes debe organizar muy bien cómo va a ser esa salida. Y es que no quiere volver a esa calle que tan bien conoce y que casi le mata. «Como a Woody Allen, a mí tampoco me asusta la muerte, pero prefiero no estar allí cuando ocurra», dice a carcajadas.









