
Lo que tienen muy claro es que las llamas no son producto de la casualidad ni de un descuido. En enero los conatos de incendio se han sucedido «una semana sí y otra también». José Antonio explica que sus autores han llegado a echar líquido inflamable en los pisos deshabitados, no sabría decir «si sólo para quemar la puerta de entrada y meterse dentro o porque intentaban reducir a cenizas todo el edificio».
Extintores en casa
En varias ocasiones han sido los propios vecinos los que lograron apagar el incendio con baldes de agua. En otras les echó una mano la Policía local, que patrulla la zona a diario. «Hemos tenido que comprar extintores para protegernos», asegura.
Nadie sabe quién puede estar interesado en destruir la Casa Grande. «De dentro no tiene que ser porque se supone que los propietarios o inquilinos legales sólo tenemos que esperar el realojo», aseguran. Menos sentido tiene que alguien ponga en peligro la vida de familiares o amigos. «Quizá se trate de alguien interesado en entrar en un piso determinado o sólo un loco que actúa por venganza», especulan.
Sea como fuere, la situación es tan grave que exigen mayores medidas de seguridad hasta el realojo. Las rondas policiales no surten efecto. «Que pongan cámaras de vigilancia si es necesario, pero que nos garanticen la tranquilidad para poder dormir», reclama Pedro Jiménez.





