
Desde su dormitorio, con vistas a la discoteca, es testigo directo de las gamberradas de «esos veinteañeros ávidos de dar la nota como sea». «Antes de que arrancaran las obras del tranvía -prosigue Enrique- la pagaban con las jardineras o se dedicaban a dar patadas a las bolsas de basura que encontraban a su paso. Ahora ya no pueden hacerlo, pero siguen gritando y molestando igual».
Avisar a la Policía
Mari Carmen, vecina de la misma calle, suscribe sus palabras. En más de una ocasión, se ha visto obligada a «llamar a la Policía, aunque eso tampoco les disuade», lamenta. «No es un problema de horarios, sino de civismo. Si se comportaran como personas, no habría ningún problema porque la discoteca está insonorizada. Por eso la Policía debe controlar más la calle».
A escasos metros de Círculo, en la calle San Prudencio, los vecinos descansan algo más tranquilos. «Vivir encima de un bar tiene muchos inconvenientes. En fechas señaladas, sí que te desvelas pero, por lo general, esta zona es mucho más tranquila que el Casco Viejo», confiesa Víctor Alonso. Ángela, su vecina de portal, no termina, en cambio, de «acostumbrarse» al bullicio de los fines de semana. «Es una lata, aunque hay que entender que la gente tiene derecho a divertirse», concluye.









