
EL PERSONAJE
Siete años después de establecerse en Vitoria, la porteña, que ha recorrido escenarios que invitan a la confidencia con su voz humana y la guitarra de Ricardo Urrutia -alguien decisivo para radicarse acá-, salta al vacío como solista. Esta misma semana presentaba en Bilbao 'Itinerario', un repaso «minimalista» a las emociones de su condensada vida a ritmos de tango y 'chanson' francesa. «Buenos Aires tiene más de París que de España», afirma.
Marina probó a llevar una vida 'normal', pero vencieron sus tentaciones de poeta, compositora e intérprete. «Me recibí de administradora de hoteles en Argentina para que mis viejos se quedaran tranquilos», evoca en la Escuela de Música Luis Aramburu, donde ensaya para el concierto de la tarde.
Le asustó «pensar las veinticuatro horas en un hotel», el Sheraton de Buenos Aires, y decidió que ya bastaba de jugar a «la doble vida». Con veinticinco años dejó la casa paterna y, de acuerdo con su sensibilidad y formación artística de pequeña, comenzó a cantar. «Pero no podía vivir sólo de eso». Así que conjugaba la interpretación con su empleo como recepcionista en un restaurante de alto nivel.
Rebelde de Boca Juniors
Allí le conseguía mesa a Franco Macri, empresario influyente y padre de Mauricio, presidente del Boca Juniors y actual alcalde porteño. «Mi familia es de River, pero yo soy de Boca -rebelde ella- porque es un club más popular. Yo vivía en San Telmo y soy mujer de barrio». Muy propio para ensalzar el arrabal.
Macri I le ofreció empleo en una de sus firmas. Y aceptó. «Quería algo divertido como cantar o bailar. Pero la otra secretaria me dijo 'llevarle la agenda al señor Macri tiene su cosa'». Faltaba poco para el estallido del 'corralito', que afectó a su familia, cuando Marina recibió el despido por motivos económicos.
Con veintiocho años decidió entre tres caminos. «El sur, la Patagonia, era la bohemia; Estados Unidos, la economía y la política; y Europa, el arte y la búsqueda de mis raíces». Triunfó la tercera opción porque Marina busca de forma permanente.
Entró a la vieja Europa por la puerta metropolitana de Londres, donde vivió seis meses entre poesía, escultura, teatro.... y el cuidado de una niña. Hasta que Vitoria, por una cuestión de paisanaje humano, le salió al encuentro para tomarle la mano y pedirle relaciones. «Vine a visitar a una amiga, Ercilia Orellana, que era mi terapeuta en Buenos Aires -aparece el inevitable 'diván' argentino- y profesora acá de biodanza». Ricardo y Ercilia forman el binomio que vincula a Marina con la capital alavesa. «Aquí volví a lo que siempre quise ser. Tenía a las personas y me la jugué».
Pasó de actuar sin ganarse la vida en su país a vivir de la lírica escrita, musicada y cantada. Toca 'tres' instrumentos: la guitarra, el piano «y los cojones, como dice Ricardo». «Vitoria es la cuna de mi profesión», asegura. Durante casi siete años, Urrutia y ella -Poetango- han expresado sensibilidades con las letras emotivas del tango y las notas sugerentes del jazz.
Ahora vivirá entre Vitoria y Francia, donde prevé numerosas actuaciones. Hace tres años viajó un mes a India. «Fui con todo y volví con nada, regresé aliviada. Vi pobreza, ojos que te inundan, paz y despojo de las cosas».
Marina quiere terminar con una autodefinición que enriquezca este retrato escrito, incompleto a la fuerza para embutir tantas pasiones. «Soy un instrumento con forma de mujer que intenta traducir pulsaciones a imágenes para alivio del alma y reconstrucción de la mente». Ahí queda eso.









