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SU HISTORIA
Tiene 34 años y su experiencia europea, explica, arrancó en 2003, cuando tras terminar Ingeniería Electrónica en el Complejo Educativo de Eibar, y de trabajar un tiempo en una empresa de Elgoibar, decidió inscribirse en el programa de cooperación y movilidad en el ámbito de la enseñanza universitaria conocido como 'Erasmus'. Enamorado de los entresijos del motor, su objetivo inicial no era otro que especializarse en la electrónica aplicada al automóvil en un país puntero en ello. Su experiencia transcurrió en Wilhelmshaven, ciudad situada al norte de Alemania, próxima a Hamburgo, y duró un año.
«Cuando terminé me apetecía seguir aquí y me vine al sur, a Stuttgart, donde hay más posibilidades de trabajo», logrando un contrato en la empresa Bosch, que aglutina a 6.000 trabajadores y es «el mayor centro mundial de desarrollo para motores de gasolina», sostiene. «En mi caso ayudaba a los alemanes a través de empresas externas, como también sucede ahora en BMW», puntualiza Inaxio, radicado desde hace dos años en Múnich, la capital del estado de Baviera. «Aquí estoy más contento, porque hago electrónicas de ayudas a la conducción, probar los sistemas que próximamente BMW va a sacar al mercado, como por ejemplo el automatismo de desactivación de luces largas, que permite dejarlas activadas, pues el haz de luz baja si viene un coche de frente».
A pesar del tiempo transcurrido, admite que no resulta sencillo para el extranjero la adaptación. «En Europa, aunque seamos más o menos iguales, culturalmente no es así, ni mucho menos», indica. Esas ataduras a lo propio hace que algunos «lo pasen mal», como sucede con los turcos, que «en muchos casos -apunta- no quieren integrarse».
Importancia del idioma
Personalmente, el conocimiento previo del idioma le fue de gran ayuda, como también la rápida amistad entablada en su primera etapa de Erasmus con Sophie, su novia francesa. «Yo sabía alemán, pero el idioma siempre es un hándicap, sobre todo si no tienes pareja nativa. Ella habla castellano y estoy aprendiendo francés, y aunque hasta podríamos comunicarnos también en inglés lo hacemos siempre en alemán para intentar mejorarlo. Pero aún así -reconoce- no lo he logrado con el tiempo, quizás también porque sé que no voy a seguir mucho más tiempo aquí», sostiene, en una anticipada declaración de intenciones.
«La verdad es que todo depende del trabajo, pero me voy a casar el 25 de julio cerca de Biarritz y seguramente regresaremos al País Vasco un poco más adelante». Y es que «la tierra tira mucho, soy vasquito y quiero regresar. No sé dónde trabajaré, pero volveré».
«Amigos, familia, calle, clima, pescado, costa, fútbol», son palabras que le vienen a la cabeza, a borbotones, cuando se le interroga por sus principales añoranzas. «También el euskera», acota, «aunque espero que en el futuro mis hijos lo aprendan. Hay que reconocer que cuando sales fuera no es tan útil, pero es algo que llevas muy dentro».
Entre los aspectos que destaca de su país de acogida se encuentra la «flexibilidad de fechas para coger las vacaciones», algo que hace que algunos inmigrantes aprovechen para «ir mucho a casa». Inaxio, no obstante, apenas ha podido venir «un par de veces al año», porque tampoco es cuestión de tirar la casa por la ventana y los extranjeros lo tienen más complicado para acceder a los sueldos de los nativos germanos, asegura. «Sophie trabaja en una agencia de turismo que alquila casas de franceses a alemanes en la Costa Azul y en Aquitania, y es verdad que se gastan un dineral en vacaciones, porque tienen mucha pasta».
Fuertes impuestos
Según asegura, los salarios multiplican «por dos o hasta por tres» a los de este lado de los Pirineos, y precisamente Múnich sobresale en cuanto a renta per cápita. «El problema es que la mitad del dinero se te va en impuestos y si no te quieres quedar en Alemania para toda la vida, a la espera de la jubilación, no merece tanto la pena».
La solución es esforzarse para ahorrar y «no ser caprichoso», algo que aplica, muy a su pesar. «Me quería comprar un descapotable y al final me he conformado con un Golf diésel, ja, ja». «Además -añade- a los extranjeros no nos pagan lo mismo que a los alemanes».





