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VIZCAYA
Agua para Bilbao
Durante siglos, calmar la sed de los bilbaínos y satisfacer sus crecientes necesidades higiénicas fue uno de los mayores y más costosos retos a los que la villa y sus autoridades tuvieron que hacer frente
17.02.08 -

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Agua para Bilbao
PLAZUELA DE SANTIAGO. Imagen de la fuente ornamental inaugurada en 1785. / EL CORREO
Cuando el 4 de enero de 1908 se concluyó el depósito de Larraskitu, no fueron pocos los que, aun sin haber entrado en servicio, ya pusieron en duda su eficacia de cara a resolver un problema casi tan viejo como el propio Bilbao: el del abastecimiento de aguas. El crecimiento constante de la villa y el paralelo aumento de necesidades, tanto sanitarias e higiénicas como de bienestar y confort, había convertido las casi constantes decisiones sobre la mejora del servicio en una gigantesca obra que no se acababa nunca. «Es ésta -escribió don Teófilo Guiard Larrauri en su Historia de Bilbao- la principal preocupación del municipio y problema aún no resuelto á pesar de haberse gastado sumas cuantiosísimas en estudios, proyectos y obras de perfeccionamiento de embalses y depósitos». De hecho, el desembolso para la construcción del depósito de Larraskitu supuso a las arcas municipales la nada despreciable cifra de 234.906,27 pesetas aunque, de todos modos, nadie juzgó inútil esta empresa ya que con ella se había conseguido que las aguas llegasen con presión suficiente hasta las zonas más elevadas del Ensanche.

Fuente de la gabarra

La larga historia del abastecimiento de agua de Bilbao había comenzado en fechas muy antiguas. El 24 de febrero de 1345, doña María Díaz de Haro, Señora de Vizcaya, otorgó la primera concesión de agua a la Villa. Gracias a ella Bilbao recibiría el «rodal de Basondo para que ayan el hagua para ellos que sale del estobde de las dichas ruedas». Desde mediados hasta finales del siglo XIV, surgieron el «alberque», de Ibeni (Achuri), que fue el primero; el del Portal de Zamudio; el de El Arenal, junto a la casa de Arbolancha y el de la Plaza Vieja. El constante y rápido aumento de las necesidades obligó a sucesivas ampliaciones en la red de caños, albercas y fuentes, lo que también supuso una mayor utilización de los manantiales próximos a la Villa.

Sin embargo, todo fue insuficiente. En 1523, se realizó una traída de aguas desde el Pontón hasta la alberca mayor. Veinte años más tarde, se levantó la fuente de la Gabarra en Urazurrutia y, en 1552, se le encargó al francés Guiot de Beogrant la obra para canalizar las aguas del río Ibaizabal desde el molino de los Erquíñigo. En 1558 dieron comienzo las obras de enlosado de lo que se conocería como los Caños, los cuales no eran más que una conducción paralela a la ejecutada por Beogrant «desde el esqudal de las moliendas del señor Gregorio Gómez de Begoña (el Pontón) hasta la Alberca de esta Villa que están junto a la calle Somera».

De este modo, en 1569, Bilbao se surtía de agua procedente desde el Pontón, que tenía su primera parada en la alberca mayor. De ella partían tres caños cuyo suministro tenía finalidades diferentes. El primero, y más importante, abastecía a las seis fuentes principales de la población. Los otros dos, sobre los cuales, y a través de un sistema de compuertas, se podía hacer pasar el agua alternativamente, servían para la provisión de las servidumbres de la Ronda y para el suministro de los depósitos ubicados entre las casas de las Siete Calles, respectivamente. Era en estos depósitos donde el vecindario vaciaba las basuras para ser arrastradas hasta la ría. Esta red de suministro contaba también con un sistema de compuertas con el que se podía hacer subir el nivel del agua para, en un momento determinado, poder inundar las calles y limpiarlas. Ingenio muy útil también en caso de incendio.

Todo se quedó pequeño a comienzos del siglo XVIII. Así que, en 1728, se proyectó realizar una nueva conducción desde «la madre del agua potable de Nuestra Señora de la Peña», ubicada en la ribera derecha del río y que se emparejaba con la de los Caños. Por esa misma época, aprovechando la estancia en Bilbao de uno de los fontaneros más importantes del reino, un tal Vicente Domenech, se confeccionó un plan para perfeccionar las fuentes que se usaban en el abastecimiento de agua potable. Fue entonces cuando al sistema de suministro se le sumó la fuente situada en el convento de la Esperanza.

Maestros hidráulicos

Al año siguiente, otro fontanero estrella, «Domingo de la Villa se ofreció á conducir desde La Peña (Bolinchu) á los Santos Juanes 30 reales de agua potable, pasando con tubería el río». Pero Bilbao quería más. Así, el 15 de diciembre de 1753 se consiguió la facultad de poder tomar el agua que se necesitase de los municipios y montes aledaños. Ese mismo año también se procedió a la mejora y perfeccionamiento de la red de aguas.

En 1759, bajo la autoridad del corregidor José Joaquín Colón de Larreátegui, se le encargó al fontanero madrileño, Antonio Blanco, la conducción de las aguas potables desde el monte Ollargan. Tras gastarse 4.000 ducados, la obra pasó a manos del ingeniero Maximiliano Stam, que realizó las conducciones con tuberías de plomo. Sin embargo, después del desembolso y de haber contado con prestigiosas figuras en el arte de la fontanería, «una imprevista retracción de las aguas» hizo de la gran obra casi un monumento a la inutilidad. Finalmente, y gracias a los maestros hidráulicos Ignacio de Alviz y Juan de Iturburu, en el año de 1785 se corrigieron las tomas, se construyeron nuevas cañerías, arcadas y registros. De esa forma, parecía que ya, por fin, Bilbao disfrutaba de un servicio de aguas acorde a sus necesidades.

Tanta debió de ser la alegría que el concejo de la Villa decidió la construcción de dos fuentes públicas ornamentales: una se colocaría en la Plazuela de Santiago y, la otra, al lado del puente de San Antón. Ambas se realizaron según diseño de Luis Paret. El 24 de diciembre de 1785 se celebró el acto de inauguración de las fuentes con lo que se ponía el colofón adecuado a la que, hasta ese momento, había sido la obra de ingeniería hidráulica más importante en la historia de Bilbao. De todos los allí presentes aquel día, fue uno de ellos el que recibió la mayor parte de las felicitaciones por su trabajo a favor de la recién inaugurada obra: el corregidor Colón de Larreátegui.

Y así estuvo Bilbao el tiempo que pudo, que no fue mucho. Ni siquiera un siglo después, y tras la primera guerra carlista, en esa época en la que la Villa ya se preparaba para liderar la gran revolución industrial, el agua se volvió otra vez un bien escaso, por lo que, como si de una maldición se tratase, hubo que ponerse de nuevo manos a la obra.
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