-Sí, y los escritores quizá tengamos alguna culpa de ello. La verdadera literatura tiene que ser plural. Cada escritor es como una ventana en una casa, desde la que se ve el exterior. A veces, escritores menores con ventanucos mínimos nos permiten ver un ángulo curioso. No es la gran panorámica que ofrecen los maestros, pero sí algo que llama la atención. Aunque también los críticos hacen lo posible para desorientar al lector, indicando lo que un autor debe hacer y por tanto restándole libertad para la creación.
-¿Cuál es el principal problema de la literatura española de hoy: el afán crudamente mercantilista de muchas editoriales, la abundancia de premios desprestigiados, la gran oferta de ocio?
-Es una mezcla de todo eso. La palabra premio ya es sospechosa y me parece inmoral que muchos estén dados, fruto de negociaciones previas con autores o agentes. Otro peligro es que el mercado está invadido por demasiadas traducciones. Traducimos verdaderas tonterías, mientras autores de valía quedan arrinconados. Debería haber una labor de criba mayor. Y luego hay una amenaza a los libros que está en los mismos libros. La llegada de novedades es tan tremenda que no duran nada en las estanterías. Ninguna de las grandes obras del siglo XX habría aguantado esa presión. Muchos editores, en vez de conservar la cultura, que es su función, la destruyen. Literalmente, porque destruyen los libros que no les caben en los almacenes.







