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VIZCAYA
Detrás del cristal
La promotora del exclusivo complejo residencial diseñado por el arquitecto japonés Arata Isozaki en el antiguo Depósito Franco de Uribitarte entrega hoy los cinco primeros pisos

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DE VÉRTIGO Y CON TARIMAS FLOTANTES. Los suelos de madera de Merbao llevan láminas «antiimpacto». / LUIS ÁNGEL GÓMEZ
El conjunto residencial Isozaki Atea es como esos tipos que, a primera vista, no llaman demasiado la atención. Alto, de buena planta y ancho. Discreto y nada presuntuoso. Sello de la sobriedad de su autor, Arata Isozaki. «No me interesan las torres como símbolo de poder», dijo el primer día que pisó Bilbao, cuando desde las laderas del monte Artxanda se puso a pintar el primer boceto de lo que sería su proyecto en Uribitarte.

En el exterior las viviendas lucen discreta piedra de granito verde y ladrillo caravista. Común en tantas urbanizaciones. Las cristaleras que recubren las fachadas de las viviendas que se elevan a partir del duodécimo piso y trepan hasta un techo de 82 metros de altura se asemejan a las que revisten modernos edificios de oficinas londinenses, con un corte funcional y un aire minimalista. Pero esto sólo es pura fachada.

Cuando se accede al interior, el complejo urbanístico levantado sobre el antiguo Depósito Franco se descubre como esas cajas chinas que se convierten en una inagotable fuente de sorpresas. Claro que para llegar a conocerlo hay que meterse bien dentro. En su interior, atrapa y seduce sin remisión. Lo mejor es empezar a trepar por esta vanguardista 'jungla de cristal' desde lo más bajo. No en vano, el 42% de la superficie total de los rascacielos -cerca de 85.000 metros cuadrados- discurre bajo tierra.

La promotora de la exclusiva urbanización -Vizcaína de Edificaciones- entrega hoy los cinco primeros pisos de la primera de las dos torres, que comenzaron a levantarse en la primavera de 2003. Un centro de control situado en los bajos del parking se convierte en el 'cerebro' del edificio que todo lo controla, el ojo que todo lo ve: lo mismo activa los sistemas antiincendios habilitados en cada parcela de garaje -asentadas sobre suelos de cuarzo y resinas sintéticas- al husmear el menor atisbo de humo del vehículo; que dispara las alarmas si algún ladrón, esté o no su inquilino dentro, se adentra en alguna vivienda; o detecta posibles fugas de agua o averías en los sistemas eléctricos de cada piso. Hasta 78 cámaras con sistema de infrarrojos vigilan permanentemente el aparcamiento subterráneo -con capacidad para casi un millar de automóviles- y el exterior de la urbanización.

Un lujoso y elegante ascensor decorado en tonos burdeos sobre un suelo diseñado en mármol negro -sugerencia del urbanista- permite coger vuelo. En sólo 36 segundos el ascensor planta al inquilino en la última planta. Vacíos todavía, un simple vistazo revela su clase.

«Tarimas flotantes»

Todos los pisos se abren y cierran con puertas de cerezo, orden expresa también de Isozaki. «Muy japonés», ironizó Juan Luis Pereira, gerente de la promotora. Los suelos, relucientes, se transforman en «tarimas flotantes», revestidas de láminas «antiimpacto». Están hechos con madera de Merbao, «traída expresamente» de Asia que a buen seguro agradecerán los inquilinos a los que suele sobresaltar el ruido más imperceptible. ¿Por qué? «El vecino nunca oirá el taconeo de los de arriba ni cuando los niños juegan a las canicas. No se oye nada».

Dotado de los últimos adelantos domóticos- telecontrol telefónico de la climatización y de la calefacción- el estilo 'zen' inunda todas las estancias con armarios empotrados de puertas correderas que parecen funcionar con sólo mirarlas. Por no hablar del lujo que desprende el mármol negro de Carrara con que están equipados los impresionantes cuartos de baño, con falsos techos desmontables donde se ocultan todos los sistemas de climatización. Iguales que los instalados en las cocinas, sorprendentemente sencillas con baldosas blancas. Pero no nos dejemos llevar por las apariencias. Los finos azulejos son de gres porcelánico, que reproduce como ningún otro el concepto de piedra natural.

A 82 metros de altura, las vistas son impresionantes; pero también los rayos de sol, que pueden cegar y elevar la temperatura a extremos insospechables. Pero nada de esto ocurrirá. Los transparentes cristales revestidos de una silicona especial impiden «la entrada de calor» y, en el peor de los casos, siempre se puede echar mano del mando a distancia con el que regular unas persianas que aíslan del exterior y refuerzan, con su cierre, la discreción que rodea este inmueble. Un lujo sólo al alcance de los que viven detrás del cristal.
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