
Aún así, tragó una bocanada de humo en la escalera que la puso «malísima», según explicaba tiempo después ya de vuelta en casa. Dos guardias municipales que subieron para avisar a los vecinos de que tenían que abandonar sus viviendas, resultaron intoxicados por inhalación de monóxido de carbono, aunque su pronóstico era leve, según señalaron fuentes policiales. Los agentes ayudaron a salir a una mujer impedida que se puso muy «nerviosa» y pedía auxilio por la ventana. La vecina del cuarto, con problemas de movilidad, tuvo que ser evacuada en volandas por los agentes y los bomberos bilbaínos. La mujer fue atendida por sanitarios de la DYA tras sufrir un ataque de nervios.
A falta de conocer el informe de Protección Civil, todo indica que el incendio se desencadenó a causa de un fallo eléctrico en la nevera del primero izquierda. Ángel, su propietario, explicaba ayer que se había quedado sin luz desde la noche anterior y que llegó incluso a desenchufar el frigorífico por precaución. A primera hora de la mañana había ido puerta por puerta para saber si el resto de la comunidad también estaba sin luz, pero el problema sólo era suyo.
«Es un señor mayor y me da mucha pena, pero ya le he dicho: 'Ángel, ¿por qué no te vas a una residencia, ahí donde las monjitas de Zabala que son muy buenas?' Y me ha contestado que vaya yo», relataba ayer una vecina.
Una tirita en un dedo
Inmigrante gallego, natural de Serra de Outes (La Coruña) y «zapatero a medida» de profesión, el hombre está solo, pese a haberse casado en dos ocasiones. Tampoco tiene hijos. A la espera de que una asistenta visitara la vivienda, Ángel tenía intención de quedarse allí a pasar la noche. Las paredes y techos estaban teñidos de negro y había un intenso olor a chamuscado.
Por la mañana, el hombre la ventiló como le aconsejaron los Bomberos. La cocina había quedado reducida a cenizas; hasta las manzanas y el resto de frutas estaban renegridas. Y él, pese al susto, no había necesitado hospitalización, sólo una tirita en un dedo índice por una quemadura. «Rocé con la mano donde estaba caliente y se me ha caído la piel, nada más», resumía.
«Ha habido un momento en que pensaba que ya no lo contaba. No sé cómo he llegado a estos años». Vestido con un batín a cuadros que dejaba ver el cuello de una camisa blanca ennegrecida por el humo, el hombre, con hollín hasta en los labios, se había colocado un gorro de lana en la cabeza para evitar enfriarse con las corrientes. Todas las puertas y ventanas de la vivienda estaban abiertas.
«Nos hemos llevado un susto terrible, y ya llevamos tres incendios en esta casa», recordaba Lucía Victoria. La mujer luce un colgante del servicio teleasistencia de la Diputación, pero decidió no pulsar el botón de alarma «para que no avisaran a mi hijo y mi nieta, que es enfermera. Se iban a asustar», se justificaba. Tiene un glaucoma en un ojo y va a ser operada el próximo día 3 de marzo.





