Bueno, pues hoy se firman las escrituras de los cinco primeros pisos que se entregan de las torres de Isozaki, un mentís rotundo a todo lo escrito en el primer párrafo. A éstas van a seguir otras muchas, porque el éxito del proyecto ha sido tal que de las 334 viviendas sólo quedan 15 sin vender. Uno piensa que vivir en un sitio así tiene que predisponer. Por lo alto, para empezar. Son 22 pisos y una altura de 85 metros, la adecuada para que cualquier inquilino, un buen bilbaíno que haya triunfado en los negocios, se sienta como James Cagney en la secuencia final de 'Al rojo vivo': «¿Estoy en la cima del mundo, mamá!».
Las torres del arquitecto japonés se han convertido en un hábitat de prestigio, amén de un elemento destacado en la arquitectura urbana. Por mucho que Bilbao haya intentado improbables analogías con Nueva York y disfrazase la ría de Hudson y el canal de Deusto de East River, el edificio del BBV (A) y el Albia componían un 'skyline' muy de andar por casa.
Las torres vienen a añadir solvencia, a conformar conjunto. Las torres, además, con esa estructura cristalina, dan una irreprochable imagen de postmodernidad y cosmopolitismo. El Guggenheim sirvió para rodar la secuencia inicial de 'El mundo nunca es suficiente'. Las gemelas de Isozaki podrían servir para que Bruce Willis hiciera 'La jungla de cristal XII', si no fuera por los 5.700 euros que cuesta cada metro cuadrado y lo arrasados que quedaron los escenarios en los que se rodaron las versiones anteriores.





