
SU HISTORIA
SU HISTORIA
Desde muy pequeño tuvo siempre la maleta preparada para un trajinar constante. «Estudié en el colegio de Urkizu hasta 3º de E.G.B. y, aunque luego estuve un par de años en Berriz y en Amorebieta, regresé allí y seguí hasta 8º», recuerda.
La temprana edad con la que emigró junto a su familia restó dramatismo al adiós. «Me pilló bien el momento, gracias a Dios, porque era muy pequeño todavía, 14 años, y no tenía un amarre muy fuerte con los amigos y esas cosas, además de que en realidad los últimos cinco años, aunque seguí estudiando en Eibar y hacía vida allí, ya vivíamos en un caserío de Berriz», explica.
Vivió en Logroño hasta que se trasladó a León para estudiar Biología. «Al acabar los estudios, como todo el mundo, empecé a buscar trabajo y la verdad es que he estado por toda España, casi siempre con proyectos para administraciones públicas, como las de La Rioja, Navarra, también para el Gobierno Vasco». Su peregrinaje le llevó a Catalunya, a una reserva de Palencia, a la Sierra de Cazorla (Jaén), hasta acabar en Doñana en el transcurso de 2005. «He dado muchas vueltas», resume, consciente de su alma viajera, aunque propiciado por cuestiones profesionales.
Es asistente técnico de la reserva onubense. «Soy uno de los biólogos del equipo de conservación de fauna y flora, con la misión de llevar a cabo trabajos de conservación de especies amenazadas», subraya. Vela por la preservación del lince ibérico, el águila imperial y otros animales en claro riesgo de extinción. En algunos casos la alerta es máxima y les toca esmerarse para sacar a algunas especies de «la lista roja».
«Las mayores dificultades las teníamos cuando empezamos, hace veinte años», sostiene. «Ahora, afortunadamente, parece que el tema de la conservación está asumido por las administraciones y ya no vamos al campo en un 'cuatrolatas' viejo, sino en 'todoterreno'». Según apunta, el problema con el que se encuentran en la actualidad es otro bien diferente, en el sentido de que «a veces te cuesta hacerte entender por el resto de la gente». Y es que la sociedad de consumo es «desaprensiva por definición», apunta. «Pero la realidad es que vivimos en ella y a nosotros nos toca poner los parches necesarios para minimizar en lo posible esos efectos que conlleva».
Para Carlos Gutiérrez su ocupación va más allá de un simple trabajo. Cree en lo que hace y disfruta de ello. «Me gusta, porque es para lo que me he preparado y porque, además, no sé hacer otra cosa», asegura.
Le agrada el día a día en Matalascañas, pero del tono en que lo dice se desprende que más en invierno (4.000 habitantes) que cuando se masifica en verano. «Antes de trabajar aquí ya venía y tengo un fuerte círculo de amistades».
Viejos recuerdos
Doñana, admite, «es un reducto incomparable», pero desde su prisma también resulta interesante «cada centímetro cuadrado de terreno» en cualquier paraje, pues sólo es cuestión de «saber sacarle el jugo» a las cosas. «Tan bonita es la marisma de Doñana como los pinares que rodean Eibar», pone como ejemplo, a colación de sus raíces. «Lo importante en cada caso es admirarlos con cariño».
En la localidad armera aún residen algunos de sus familiares y no olvida la empresa que en ella fundó su abuelo. «Voy de vez en cuando, pero cada vez menos; igual hago una visita cada dos o tres años, porque además parte de la familia se trasladó a San Sebastián». Se acuerda «un poco» de sus compañeros del colegio, pero el paso del tiempo hace que ya no le queden «amistades». «Le guardo mucho cariño a Eibar», sostiene, independientemente de su escasa armonía urbanística. «Siempre digo por ahí, con orgullo, que mi pueblo es el más feo del mundo», sonríe.
En su memoria quedan recuerdo muy concretos. «En los bajos de las casas en vez de tiendas había fundiciones y fábricas de escopetas. Ahora, supongo, habrá supermercados», reflexiona en voz alta Carlos Gutiérrez, un eibarrés que no reniega de ello, pero que se considera de «allá donde estoy», porque «el mundo es muy grande y hay demasiadas fronteras».





