El mismo día me encontré con los dos casos de personas molestas. La primera en el centro de salud de San Ignacio y en la persona de un paciente que estaba a mi lado en la sala de espera del médico. Yo me entretenía leyendo el periódico y él jugando con su teléfono móvil.
No tengo nada contra los forofos de estos juegos, pero es que aquel telefonito cada vez que pulsaba una tecla hacía sonar un leve pitido que aislado no hubiera molestado a nadie. Pero resulta que el cuarto de hora que estuvimos de espera me lo pasé escuchando un machacón concierto de pitidos leves que, al final, resultó cargante. Y así estuvimos un cuarto de hora: él disfrutando con el pi-pi-pi-pi-pi-pi... y yo aguantando el pi-pi-pi-pi-pi-pi.....
Al otro ciudadanito molesto me lo encontré en un vagón del metro. No tendría ni dos años (el ciudadanito, no el vagón), pero poseía las más potentes cuerdas vocales que he podido escuchar en mi larga vida. Una garganta capaz de competir con la más potente sirena de la policía ululando en acto de servicio.
Conozco a los niños porque he tenido cinco y puedo distinguir entre un niño que llora y un niño que grita para salirse con la suya. El de mi historia pertenecía al segundo grupo y viajaba con su madre y otra señora. Pero resulta que el nene se había aburrido de estar en un tren subterráneo y quería bajarse. Por el modo de usar su laringe, pude deducir que estaba acostumbrado a salirse con la suya, y cada vez que el tren se detenía en una estación y su madre le impedía apearse ponía en funcionamiento la sirena, que en aquel recinto cerrado producía en los tímpanos el efecto de un taladro.
Y no tuve más remedio que aguantar aquella ensordecedora sirena durante tres paradas hasta que llegaron a su destino, y el nene se salió al fin con la suya. ¿Angelito de Dios!





