Este tema me sirvió en cierta ocasión para ilustrar una de las desventuras de Don Celes, que interpretando el papel de un ratero asaltaba a una señora en una calle solitaria, y ante la amenaza del ratero, la señora vació su bolso en la acera poniéndolo a disposición del atracador. Y al ver aquel heterogéneo e increíble montón de cosas, en la viñeta original se veía al atracador huyendo con las manos vacías.
Y esto lo decía yo en aquellos tiempos en que el género femenino aún conservaba su personalidad tradicional, antes de que las señoras y señoritas, en su afán de equiparación conquistaran también -en mi opinión inconscientemente- el derecho a padecer cáncer de pulmón a través de la nicotina, garrafal defecto que hasta entonces era exclusivamente masculino. Esta nueva costumbre añadió dos objetos más a la larga lista de los que se incluyen en el contenido de su bolso; el paquete de tabaco y el encendedor.
Pasó el tiempo, el progreso siguió avanzando y surgió otro nuevo objeto que añadir a los que llenan los bolsos femeninos: el teléfono móvil, que ellas utilizan con gran deleite en el metro. Digo esto porque, como cliente diario de este práctico medio de transporte público, he visto viajeras que hacen todo su recorrido con el teléfono en la oreja. Me dirán ustedes que también ellos usan el teléfono móvil y es cierto, pero aún no he visto ningún representante del género masculino haciendo lo mismo. En esto sin duda ninguna nos ganan ellas. Cada cual con su cada cuala.
Y ustedes perdonen si me he desviado un poco del tema principal de mi comentario que está dedicado, amable y cariñosamente, a expresar mi admiración por la capacidad de los bolsos femeninos y por su abundante y heterogéneo contenido.





