
El ambiente tenía toda la solemnidad requerida. Era la 'premier' mundial del nuevo disco del autor de 'Tubular Bells'. El público, dos centenares de invitados, entre los que figuraban periodistas y críticos de todo el planeta, así como representantes de la sociedad bilbaína y de las diversas instituciones y entidades que colaboran con el Guggenheim.
La acústica del atípico escenario resistió la prueba de un concierto casi 'unplugged', con la salvedad de un micrófono que Mike Oldfield tuvo que aplicar a su guitarra española (Ramírez) para que no se la comiera la orquesta. Lo consiguió sólo a medias. O menos.
El multiinstrumentista de Reading, con chaqueta negra, tocó poco. En muchos pasajes la guitarra tuvo una presencia testimonial, apenas unos arpegios, sepultados por la suntuosidad que las 44 voces femeninas del coro y los 61 músicos de la OSE dieron a los arreglos orquestales de Karl Jenkins. Oldfield, que considera que el rock ha agotado su discurso, recurrió a este popular compositor para dar vitola sinfónica y personalidad 'clásica' a su obra número 24.
Durante cerca de 45 minutos, se ajustó al contenido de 'Music of the Spheres' (música de las esferas), disco de vocación cósmica basado en la fusión de texturas orquestales y los sonidos atmosféricos y relajantes que caracterizan al autor. La melodía sugerente y repetitiva de 'Tubular Bells', su obra más célebre, planeó sobre 'Harbinger', pieza de apertura de una actuación que tuvo sus momentos más emocionantes en la interpretación de 'On My Heart' por la voz de la neozelandesa Hayley Westera, una de las jóvenes sopranos que ha conseguido acercar la ópera al mundo del pop.
Al terminar, Olfield, cuya esposa ocupaba una silla en la primera fila, enfundó su guitarra y la cargó al hombro como si fuera una escopeta.






