Recordarán que en cierta ocasión hablando de este tema, les decía que mi pobre cerebro no puede seguir ese ritmo y que por esa razón prefiero sentarme en un banco de la vida con mi humilde cerebro y dejar que el mundo pase por delante de mí corriendo como un loco. Y no soy el único que piensa así entre los de mi generación, porque me lo han dicho. Incluso hubo uno que solicitó un sitio en mi banco para disfrutar conmigo viendo al mundo electrónico correr desbocado.
Por esta razón disfruté leyendo la entrevista que publicó nuestro periódico -el suyo y el mío, amigo lector- a finales de febrero, en la que un prestigioso prehistoriador llamado Eudald Carbonell hablaba de las épocas prehistóricas y entre otras cosas se refería a la velocidad con que hoy en día se suceden los inventos y los descubrimientos.
Tomen nota de sus palabras: «El fuego es un invento de hace 600.000 años que tardó más de 200.000 en llegar a todos los humanos. El móvil ha hecho lo mismo en menos de 20 años». Estamos acelerados. El tiempo que pasa entre un avance tecnológico y su generalización es cada vez menor. Pasa todo tan rápidamente que no nos da tiempo a metabolizar el proceso, a asimilarlo».
Aparte de la admiración que siento por unos sabios capaces de saber que el fuego se inventó hace seis mil siglos, ya ven ustedes tertuliantes míos como no andaba yo tan descaminado cuando decía eso de sentarme en mi banco y disfrutar viendo cómo el mundo pasa delante de mí corriendo como un loco (suponiendo que los locos corran mucho) y cada vez a mayor velocidad.
Me agrada que un personaje prestigioso como el señor Carbonell me dé la razón, reconociendo que no nos da tiempo a asimilar los avances tecnológicos. Ahora, cuando desde mi banco vea pasar el mundo corriendo a toda leche con sus nuevos descubrimientos, ademas de disfrutar, me voy a carcajear. (Yo aquí utilizo otro verbo mas rotundo que he suavizado por respeto a los lectores).





