El problema mayor no es el que lamentaba recientemente Benjamín Prado, a quien le gusta visitar las tumbas de sus escritores favoritos. No hay modo de que visite la tumba de quien fuera su amigo, Rafael Alberti, porque las partículas elementales que constituyeron al poeta flotan en el aire y el agua de la bahía de Cádiz. Tal vez algunas, revoloteando, se hayan depositado finalmente sobre la estatua que le dedicaron sus paisanos, con mejor intención que buen gusto, en una rotonda de El Puerto de Santa María. El problema mayor es otro. A esas cenizas les sucede como a los residuos nucleares, que no hay manera de deshacerse de ellos con limpieza. Se han fotografiado contenedores resquebrajados, en el fondo del mar, con residuos nucleares en su interior. Si fueran enterrados, podría haber un terremoto que los sacara a la superficie, y sería un disparate demasiado caro fletar cohetes para enviarlos a la Luna. De igual manera, las cenizas de un familiar o amigo pudieran volverse en exceso corpóreas en el paseo que compartimos tantas veces, tendrían una presencia inquietante, imposible de eludir, en el jardín o en una estantería, incluso transmutadas en diamante y engastadas en el más leal de los anillos.
Quién no comprendería las razones de los vecinos de Bilbao que no quieren un crematorio junto a sus casas, que prefieren no respirar esos humos, casi podría decirse esas almas. La normativa y su interpretación deberían considerar algunos muy humanos intangibles. No se trata sólo de medir si el humo contamina los pulmones de los ciudadanos, sino de evitar que ensombrezca su ánimo. Se trata de sacar, el humo y las cenizas, de la vida cotidiana.





