
Hace seis meses abrieron un agroturismo con cinco habitaciones, todas con nombre propio. 'Artetxe', por ejemplo, era el caserío de su padre. Él murió hace treinta años de un infarto, «el día de Viernes Santo», y en la casa quedaron tres mujeres. Arantza tenía 17 años y María José, 18. Acabaron quitando los viñedos «porque no producían» y se dedicaron a la venta de hortalizas de temporada. «En el campo también ha habido reconversiones. Tuvimos que salir porque el caserío no daba para vivir».
Arantza trabajó durante 21 años en una empresa de Mungia. María José fue la primera mujer alguacil de Bakio. También ejerció de telefonista, cartera -«me gustaba trabajar al aire libre»- y estudió Historia en la Universidad para mayores de 25 años. Nunca se olvidaron de la vid. «Empezamos con la idea en el 98 y en 2000 hicimos la primera plantación, de dos hectáreas». Ahora tienen cuatro y media y cultivan las variedades 'hondarrabi zuri' y 'beltza'.
-¿La vid es muy esclava?
-Hay que dedicarle muchísimo tiempo, pero nos gusta. Trabajas en el campo y en algo que es tuyo. Tienes que patear mucho. Lo hacemos todo las dos, menos la vendimia y los trabajos de tractor que los hace un chico. Yo sé llevarlo, pero no le saco el máximo rendimiento, dice María José.
Se metieron en créditos para comprar la maquinaria y se despidieron de horarios y de vacaciones «hasta tener un colchón. Las subvenciones son buenas, pero las inversiones son muy fuertes». Al principio seguían trabajando fuera de casa para completar los ingresos. Ahora se dedican por entero a la vid, al agroturismo y a cuidar a sus mayores. Su madre tiene 87 años y su tío, 90. Nunca les dejan solos y en eso, como en el cuidado del viñedo, cuentan con la ayuda de su prima Edurne. «Las mujeres tenemos gran capacidad de adaptación. Tan pronto estás con las tijeras de podar como con los desayunos o preparando las medicinas», comentan.
-¿A qué hora se levantan?
-A las cinco y cuarto, y los trabajos de casa los hacemos antes del amanecer. Que si poner la lavadora, que si planchar. Abrimos el correo electrónico y miramos el pronóstico del tiempo. Si no hay ocupación, vamos directamente al campo. Si hay ocupación, lo primero es esto. Y después de comer, a la huerta hasta que anochece.
A medida que se acerca la primavera, se alarga su jornada laboral. «Normalmente en abril empiezas los tratamientos y en mayo te pasas el mes metiendo ramas entre alambres, conduciendo la vid». En junio toca deshojar las plantas «por la cara que les da el sol» y lo hacen a mano. Ellas han puesto nuevo abono a la tradición familiar. Utilizan unas estructuras con forma de portería, similares a las que hay en Nueva Zelanda, además de separadores y una malla «antihierbas» para no tener que usar herbicidas. Todo para lograr una cosecha «de calidad» que vender a la bodega. Tienen un contrato por diez años con Gorrondona y han logrado un certificado de producción integrada, pero el camino hasta la vendimia no ha sido fácil.
-¿El mundo rural es machista?
-La desconfianza es total. Cuando empezamos con el tema de las viñas, llegaron a nuestros oídos todo tipo de comentarios. La mujer ha trabajado siempre en el caserío. Ha segado, ha ordeñado, ha hecho todo tipo de trabajos en la huerta, pero en las viñas no ha trabajado ninguna. Creo que estaban pensando en cuándo nos flojearía la rodilla. Nos decían 'no vais a aguantar dos años, tendréis que traer negros'. Pues si necesitamos, contratamos. Y tuvimos serias dificultades para encontrar bodegas porque entonces nadie quería uva.
Ellas pertenecen a este mundo de sabores auténticos y han aprendido a ser pacientes. «Unos años tienes buena cosecha y otros la puedes tener mala, aunque trabajes muchísimo». El año pasado lograron 25,5 toneladas de producción pese a las traicioneras lluvias del verano. «Con la humedad que hay aquí, el mildiu no para. Estás pendiente del granizo, de los golpes de calor. El día después de la vendimia es el más tranquilo». Después de unos años «duros» para poner en pie la plantación, esperan ganarse algo de tiempo libre «y volver a pisar la playa». Mientras tanto, ¿suelen celebrar el 8 de marzo? «Depende del día que haga».





