
PERSONAL
Íñigo recaló en la selva peruana a través del proyecto de una ONG vasca que estaba lanzando iniciativas de desarrollo en Perú. «Querían un ingeniero agrónomo y me animé», relata. Así que empezó a vivir en una comunidad de jíbaros. «Trabajábamos en cultivos tropicales, crianza de animales menores y en la titulación de tierras, para hacer que éstas fueran legalmente de los nativos. Fue una época fascinante», explica. «Recuerdo los viajes por los ríos, he visto hasta tres arco iris a la vez totalmente redondos, el cielo inmensamente rojo, me han contado historias en las que se mezclan realidad, mitos y ficción...», rememora. Toda una vida. «La selva te engulle en su ritmo. Me acostumbré muy rápido a estar sin teléfono ni comodidades», confiesa.
Cambio de aires
A pesar de los imborrables recuerdos que atesora este donostiarra en su memoria, lo cierto es que en una ocasión vio la muerte muy cerca. Tanto, que casi no lo cuenta. «Me tuvieron que sacar de allí a toda prisa porque casi me muero. Pillé la malaria, una neumonía y fiebres tifoideas. Todo a la vez». Por fortuna, se recuperó. Y ésa no fue la única experiencia dura que le tocó vivir en esos parajes. «También me mordió una cría de caimán, que tenía los colmillos como cuchillas, y me atravesó dos dedos de la mano», recuerda. Un dolor intenso.
Durante sus siete años en la selva conoció a la que hoy es su esposa, María Luisa, una periodista que compartió con él sus tres últimos años en la tribu. Hasta que, en un momento dado, la pareja decidió que era hora de cambiar de aires y que su ciclo en la selva había terminado. Se trasladaron a Huanchaco, un pueblecito de la costa peruana en el que montaron un bar y durante un tiempo llevaron una vida tranquila. «Vivíamos al día», revela Íñigo.
Pero el futuro de la pareja dio de nuevo un giro radical cuando, un año después de asentarse en Huanchaco, a María Luisa le ofrecieron un empleo en Lima. No pudieron resistirse y aceptaron. Se fueron a la capital del país.
Tiempo después de su llegada a Lima, él consiguió un empleo como diseñador de actividades para una cadena de hoteles, trabajo que le apasiona. Y ahí continúa. «Proyecto excursiones como descensos en canoa por ríos, rutas en el desierto...». Un trabajo muy imaginativo y aventurero. Como él.
El regreso al País Vasco representa una incógnita para el guipuzcoano. Con el tiempo decidirá si esa posibilidad se materializa. Una cosa está clara: le encantaría. «Me gustaría que mi niña viviera en la tierra de su padre». Pero no es la única razón. «Echo mucho de menos a mi familia, los amigos... Y también extraño esa sensación de que los servicios sociales funcionen», concluye.





