
«Desde la infancia nuestra cuadrilla se reunía diariamente en las escaleras de acceso al Banco Guipuzcoano. era amplia y, a medida que fuimos contrayendo matrimonio cambiábamos de residencia y nos íbamos separando, de manera que nos animamos a adquirir un local para proseguir la unión y la hermandad que había entre nosotros desde la edad escolar», apuntaba, en referencia al grupo de amigos que se distribuía entre las calles Estación, Víctor Sarasqueta, Arragüeta, Ibarrecruz y María Ángela.
Tras encontrar el local, se planificó su compra en un plazo de diez años, «pero las cosas han rodado bien y en cuatro años lo hemos terminado de pagar», confirmó, satisfecho, porque además ello les permitió «eliminar la cuota mensual que teníamos establecida», un caso poco corriente, admitía, en las sociedades de la localidad armera.
Hacer frente a los gastos varios de conservación del local tampoco suponía ningún problema, porque lo solventaban a base de arrimar el hombro. «Contamos en la entidad con varios cocineros, nosotros hacemos de camareros y con el beneficio que obtenemos por el momento podemos hacer frente a los gastos que van originándose», explicaba Susaeta.
El número de socios ascendía a 50 y la superficie estaba calculada para ellos, «a metro cuadrado para cada uno», bromeaba su presidente, escoltado en la directiva por Néstor Uriarte (secretario), Ángel Vergara (tesorero), y los vocales José Antonio Churruca, Prudencio Zubía y Álvaro Azparren.
Entre sus actividades no faltaban las culinarias. Ángel Elizondo y José Eguren lograron ese año el segundo premio del concurso de bacalao,





