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DE PRISTINA A TIRANA 3
Albania, una carretera secundaria
El norte del país sigue aislado, pero la nueva vía que reducirá a la mitad el viaje Pristina-Tirana será la revolución y la primera auténtica unión con Kosovo

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Albania, una carretera secundaria
CAMINOS SOLITARIOS. La carretera 'buena' de Tirana a Pristina salva las montañas del norte entre los búnkeres defensivos de Hoxha. / REPORTAJE GRÁFICO: ANTONELLO NUSCA
La carretera buena de Pristina a Tirana es infernal. Pero al final elegimos la mala. Por curiosidad, pero más bien porque Dini, el intérprete, tenía el pasaporte caducado. En la aduana principal, en Kukes, no le dejaron pasar. La independencia de Kosovo les ha puesto serios, porque un conocido pasó hace poco sin matrícula en el coche. En la frontera de Tropoje estaban más relajados. Entraban en Kosovo cuatro sin pasaporte y, en otro coche, un borracho que agitaba una bandera de Albania, por la independencia. En esos días, los serbios quemaban aduanas en la otra punta de Kosovo.

Es verdad que en Albania y Kosovo todo son clanes. La primera persona con la que hablamos, en un bar de Tropoje, es sobrino del primer ministro, Sali Berisha. Naturalmente trabaja en Tirana en un ministerio. Vestido de traje negro, es el jefecillo local. Así se entiende hoy el poder en Albania. Los Berisha eran la tribu dominante en estas montañas, según los mapas del XIX. Sali Berisha fue el primer ministro de 1992 a 1997, cuando el país estalló. Lo que ocurrió en 1997 en Albania es el más famoso caso de capitalismo salvaje en un país poscomunista. Con la democracia aterrizaron bancos y sociedades piramidales que prometían fantásticos intereses. Miles de albaneses, el país más pobre de Europa, metieron todo su dinero, unos dos billones. La señora Sudja, una gitana que hacía análisis de mercados con una bola de cristal, era una popular asesora financiera. En 1997 el invento reventó y los bancos se fueron con la pasta. La revuelta casi acabó en una guerra civil, con 2.000 muertos.

Berisha, que ha vuelto al poder en 2005, nació aquí, en una casa a quinientos metros de la frontera. Oyó de niño todas las historias del trauma de 1912, cuando se fundó Albania pero Kosovo quedó al otro lado. El UCK, la guerrilla kosovar, tuvo en estos pueblos la retaguardia, que fue crucial en la guerra entre 1996 y 1999. «Había veinte soldados alojados en cada casa, allí arriba tenían el campo de entrenamiento y en esa escuela estaba su cuartel», dice Bashkim Bardhi, mecánico. Los 140 kilómetros de frontera agreste de Albania y Kosovo fueron claves en la guerra. En 1998 hubo veinticinco batallas en ocho meses por este espacio, donde pasaban armas al UCK por caminos de mula.

Una zona sin control

Pese a las acusaciones de Serbia a Albania de sostener al UCK, el Gobierno de Tirana poco podía hacer. El primer ministro de entonces ya no era Berisha, sino Fatos Nano, del sur, progriego, muy alejado del problema de Kosovo. La división entre norte y sur en Albania es decisiva y, según se baja, Kosovo empieza a ser más indiferente. Además, desde la revuelta de 1997 el remoto norte estaba totalmente fuera de control. Las montañas de Albania eran a finales de los noventa uno de los lugares más peligrosos de Europa. Aquí, en Tropoje, era suicida caminar sin Kalashnikov. Reinaba la anarquía. En 1997, unas 75.000 personas del norte estaban involucradas en venganzas de sangre por litigios de tierras, siguiendo el Kanun, el código medieval.

Sin embargo, en el UCK no eran paletos iletrados. Su base y su dinero estaba en Suiza y otros países europeos, donde estaba asentada una diáspora pudiente. También aportó reclutas y hubo hasta un Atlantic Batallion de kosovares de Estados Unidos. Todos entraron por aquí. La independencia de Kosovo se celebró en estos pueblos por todo lo alto. «Cuando vi en la tele a los ancianos de Pristina bailando lloré de alegría, fue el segundo día más feliz de mi vida. El primero, cuando nació mi hijo después de tres hijas», dice Hajredin Berisha. Su tío, el primer ministro, tiene como prioridad construir una carretera decente entre Tirana y Pristina. Le llaman 'autopista' sólo porque será normal, con dos carriles y una línea pintada. En la que hay, la buena, se tarda 10 horas, y se reducirá a la mitad.

Sólo los 208 kilómetros de Tirana a Kukes, en la frontera, son ocho horas. Las obras de la 'autopista', que están en marcha y terminan en 2009, son el proyecto más costoso de Albania, mil millones de euros. Será una revolución. Para empezar, en el comercio. Las mercancías de Albania a Kosovo ahora dan un rodeo por Macedonia. La economía kosovar podrá prescindir tranquilamente de Serbia. Tendrá su salida al mar, también para el turismo. Los kosovares van a la playa a Montenegro, pero preferirán Albania. Esta conexión establecerá por primera vez en la historia un lazo real, no sentimental, entre Kosovo y Albania. Hará más por su unidad que toda la palabrería política de un siglo.

Pero en Tropoje la famosa 'autopista' queda muy lejos. La carretera termina en Fierza y para salvar las montañas hacia el sur sólo se puede tomar un ferry al alba, que se cuela entre acantilados como fiordos. Acaban de hacer un puente para poder ir a la carretera Tirana-Pristina, pero es como si no llevara a ninguna parte. Por ahí metimos el Volkswagen Golf. Una pista de pedruscos de unos 30 kilómetros que atraviesa valles perdidos y profundos hasta que empieza el asfalto. Estos pueblos se mantuvieron católicos, ni los turcos entraron en cinco siglos. Al preguntar por las distancias, la gente ni siquiera sabe, o fabula. Como en India, menean la cabeza como si negaran para decir que sí.

Hasta aquí llegó el dinero

En algún recodo se ven los búnkeres que construyó Hoxha. Unos jóvenes paran su coche, sacan las pistolas y se ponen a pegar tiros a las piedras, por pasar el rato. Hay cierto tráfico, de antiguos Mercedes 240, irrompibles, capaces de hacer un millón de kilómetros, muy populares en Albania. Después de seis horas, aparece el asfalto. Hasta aquí llegó el presupuesto cuando hicieron la carretera, en 1958. Hay un hotel, abierto en 1961. Pasar la noche son cinco euros. En la mejor habitación, con chimenea, colocan cálidas alfombras de piel de oveja. Ponen en la repisa todo lo tecnológico que tienen: un despertador, una calculadora, un televisor portátil que no funciona, un mechero y una linterna. Nikollina Uka y su familia son muy amables y esperan poder vivir un día del turismo. Estos valles hermosos y aún salvajes son una maravilla. Albania ahora es bastante más segura y en verano ya están llegando turistas suizos y alemanes. A una hora de aquí, en Qaf Mali, está la carretera Pristina-Tirana, y van a seguir asfaltando el tramo que falta hasta Fierze. Los vecinos se atreven a soñar con el futuro, con la UE. No con la Gran Albania, les basta una carretera.

Por la noche, en este punto donde se encuentran el asfalto y el polvo, uno de los mayores de los Uka repasa su vida ante la chimenea. «Estuve cuatro años construyendo los búnkeres de Hoxha, sin cobrar claro, por la patria... Luego, lo de los bancos, la gente vendió la casa, el coche, las vacas, para invertir el dinero, y lo perdieron todo... Lo que pasó en 1997 es que la gente tenía venganzas pendientes de años y aprovechó el caos... Por eso recordamos a Hoxha, no ha habido en el mundo un gobernante como él... Decía que el capitalismo era nuestro enemigo, y mira, ahora esperamos que llegue de verdad, con la carretera».
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