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Antidopaje hasta en el crematorio
Van Impe fue obligado a pasar un control por sorpresa cuando realizaba los últimos trámites por su bebé recién fallecido
17.03.08 -

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Antidopaje hasta en el crematorio
ETAPA FINAL. Luis León Sánchez ganó en Niza. / EFE
Kevin van Impe tiene apellido ciclista. Y lo es. Corre en el Quick Step. Un rodador. Al ser ciclista es sospechoso. Así es la ley deportiva: tiene que estar siempre localizable para pasar controles antidopaje. También es humano, frágil, vulnerable. El pasado lunes, Van Impe pasó en seis horas de la mayor alegría a la desgracia más antinatural: la muerte de un hijo recién nacido. El pequeño Jayden sólo vivió un suspiro, seis horas. El miércoles, su padre, con el ánimo deshilachado, hacía los últimos trámites de la defunción en el crematorio de Lochristi (Bélgica). En la intimidad del dolor. Con su bebé de seis horas metido en una urna. Justó ahí apareció un controlador del Gobierno flamenco. Quería su orina. Para catarla. Para saber si se dopaba. «Fue como recibir un puñetazo en mitad de la cara -declaró Van Impe-. Le pedí que viniera un poco más tarde. No quiso. Me dijo que si me negaba lo anotaría como una falta». El 'vampiro' no quiso esperar un rato. Tan poco. Sólo unas horas, lo que aguantó Jayden. Tiempo para un padre roto.

El ciclista tuvo que dejar la urna y coger un frasco para la orina. Fue al baño y se bajó los pantalones. A miccionar. Así es la ley de este ciclismo: al de tres faltas se considera caso positivo. Es decir: dos años de sanción. Inflexible. Desde finales de 2007, los corredores utilizan un sistema informático (ADMS) para trasladar a la Unión Ciclista Internacional (UCI) su localización exacta. Mañana, tarde y noche. Con la vida cuadriculada. Presos de su deporte. Ayer, el acoso a Van Impe desbordó el vaso. Los corredores de la París-Niza (León Sánchez ganó la etapa y Rebellin, la ronda) retrasaron tres minutos la salida para protestar por ese maltrato. Por esa frialdad. «No estamos contra los controles. Pero no se pueden sobrepasar ciertos límites», proclamó Philippe Gilbert, voz del pelotón.

El ministro flamenco de Deportes, Bert Anciaux -responsable de la lucha antidopaje-, echó de inmediato un paso atrás: «Hay que humanizar los controles. Puedo imaginar que en esos momentos el corredor tendría otras cosas en la cabeza». Igual le pasó en julio de 2007 a un ciclista madrileño. Llevaba un año preparando el Tour, pero tuvo que dejar la ronda a medias. Acababa de morir su abuelo, la mano amiga de su infancia. Cogió un avión a Madrid. Y de ahí, en coche a Salamanca, al pueblo. Trajes oscuros, camisas blancas y boinas en el puño. Respeto rural. Justo al llegar, con el entierro sin comenzar, recibió una llamada. Era un controlador de la UCI. Apenas un par de abrazos y regreso veloz a su casa de Madrid. A mear. La cita obligada con la UCI le quitó ese adiós al abuelo.

A Pereiro le fueron a buscar a su hogar de Mos justo el día que volaba hacia el Tour. Allí se presentaron los 'vampiros'. ¿Dónde está Óscar? «Pues en el Tour», respondió su atónita esposa. ¿Y por qué ha ido tan pronto? «Pues porque tiene que pasar los controles antidopaje previos a la carrera», contestó. Hay muchos más casos. A los ciclistas los vigilan incluso cuando ya no lo son. Así les sucedió en Vizcaya a dos ex corredores. En su puerta se presentó el 'vampiro' . No le atendieron. Ya no tenían que hacerlo. Era una visita a destiempo. Como la del ejemplar que acudió el miércoles a un crematorio para 'controlar' a Kevin, miembro de un ilustre familia ciclista belga, y padre sin consuelo de Jayden.
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