Sólo a partir de junio, cuando se renueve la dirección del PP y se haya definido la estrategia política para la nueva etapa, se podrá ver el alcance definitivo de esa renovación.
El PP tiene ahora la oportunidad de elaborar una reflexión sobre las causas de su reciente derrota electoral, una reflexión que no supo o no pudo llevar a cabo en 2004 por las circunstancias dramáticas que rodearon aquella otra derrota. Los pasos dados ayer por Rajoy ya adelantan cambios en los equipos dirigentes que seguramente serán más amplios cuando llegue el congreso. La renovación personal no lo es todo, pero en algunas circunstancias es el primer paso porque cuando hay cambios de protagonistas es muy probable que haya también formas nuevas de hacer política.
El líder del PP apeló ayer a la unidad de su partido como una de las claves de la mejora de los resultados obtenidos y es muy posible que Rajoy cuente con el aval de una gran parte de los dirigentes y militantes de su formación política para secundar sus iniciativas en la nueva etapa. Sin embargo, el dirigente popular se va a encontrar con muchas más críticas públicas que antes del 9-M, críticas procedentes no tanto sus adversarios -de donde le llegarán reproches y, lo que es peor, consejos, similares a los de siempre-, como de sectores que se consideran afines a la derecha.
Mariano Rajoy no ha sido santo de la devoción de estos sectores, pero durante la pasada legislatura lo habían soportado con resignación pensando que no había margen para promover un liderazgo alternativo antes de las elecciones.
Una vez pasado el 9-M sin que Rajoy lograra vencer a Rodríguez Zapatero, las críticas contra el presidente del PP se han desatado y van a ir a más, en especial si el dirigente popular intenta marcar la impronta de partido con una orientación moderada en las formas y centrista en el fondo para crecer, tal y como anunció ayer, robando votos al PSOE.







