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02.04.08 -

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No es nuevo el elogio para ese programa expositivo del Museo de Bellas Artes de Bilbao 'La obra invitada', cuyos resultados han permitido a lo largo de los últimos años no sólo la contemplación de obras excelentes procedentes de otros museos o de la colección particular del patrocinador, sino igualmente el contraste y hasta el diálogo de las mismas con el discurso artístico de la colección propia. Este es también el caso del cuadro de Tintoretto procedente del Museo Cerralbo, aunque su ubicación en una sala con distintos maestros del arte italiano todavía permite un mejor disfrute y un mayor entendimiento de la evolución del arte en el siglo XVI.

Es verdad, eso sí, que la sobriedad del retrato de Tintoretto ahora expuesto se aparta en cierta forma de esa escenografía elegante o de esas policromías naturales tan típicas en las composiciones de la escuela veneciana, aunque la simple representación de un caballero refleja con toda su belleza el genial tratamiento del claroscuro y su perfecto dominio en el retrato de las profundidades psicológicas.

Además, si su ubicación junto a un cuadro de Orazio Gentileschi nos enseña dos formas distintas de entender las inspiraciones de las que se nutrió de Caravaggio, la proximidad en la sala a las obras de Domenico Piola y Giovanni Battista Crespi también testimonia la evolución posterior del barroco italiano y la influencia de la Contrarreforma. Una gran iniciativa, en definitiva, que enseña tanto la belleza del arte, como su propia historia.
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