Es verdad, eso sí, que la sobriedad del retrato de Tintoretto ahora expuesto se aparta en cierta forma de esa escenografía elegante o de esas policromías naturales tan típicas en las composiciones de la escuela veneciana, aunque la simple representación de un caballero refleja con toda su belleza el genial tratamiento del claroscuro y su perfecto dominio en el retrato de las profundidades psicológicas.
Además, si su ubicación junto a un cuadro de Orazio Gentileschi nos enseña dos formas distintas de entender las inspiraciones de las que se nutrió de Caravaggio, la proximidad en la sala a las obras de Domenico Piola y Giovanni Battista Crespi también testimonia la evolución posterior del barroco italiano y la influencia de la Contrarreforma. Una gran iniciativa, en definitiva, que enseña tanto la belleza del arte, como su propia historia.







