SEVILLA
Todavía dos toros más se prestaron al baile. Un cuarto colorado, leoncito trotón, blando de varas, bondadoso, noble; y un sexto con el trapío justísimo para Sevilla, o sea, sin ningún trapío, pero que sumó en bondad, temple y calidades tanto como los otros dos juntos. Con las orejas se fueron los dos toros. Sin torear en serio. Ni poco ni mucho ni apenas nada. Ni siquiera el sexto, que se dejó casi todo lo dejable, ni tampoco el cuarto, que tuvo, por ponerle algún reparo, el viaje más corto de lo ideal. O que no terminó de humillar porque no le daba el cuello para más. Chaves se volvió a atragantar en el segundo turno. Fue tarde ofuscada. De no templarse ni en una baza.
El nieto de Girón
César Girón, nieto del gran maestro venezolano del mismo nombre, no logró tampoco acoplarse ni centrarse ni redondear. No aguantó en firme los embroques, no tiró del toro, lo acompañó en muletazos oblicuos. Medio compuesta la figura. Hacía mucho que no les salía a los Cebada en Sevilla un toro tan de dulce como es sexto.
No hay corrida de Cebada sin hueso de taba y fue esta vez el quinto, 570 kilos, poca fijeza, cobardonería para acularse en tablas antes de banderillas y para arrear al ser sacado de ellas. Genio del difícil, porque el toro pegó tornillazos y se puso a rebañar por las dos manos en cuanto se enteró. Estuvo seguro y firme con él Luis Vilches, que toreaba su única tarde de feria. Una faena de recursos pero obligadamente monótona. El primero de lote de Vilches, noble pero muy llorón, armado fue toro rajado casi desde el primer asalto. Liquidó Vilches sin ahogarse, suficiente.
Asomó un tercero distinto a todos. Cárdeno carbonero, zancudito, sin cuello. No tan cebadagago como los dos primeros de corrida. Frenado de salida, de no obedecer, escarbador, escupido de varas, blando de irse de naja en estampida. Y, sin embargo, fue, en manso, toro manejable. No dio con la fórmula el nuevo César Girón.







