Es la descripción de Micaela Portilla en su libro dedicado a Quejana. «Uno de los conjuntos histórico artísticos de mayor solera dentro de la provincia de Álava». Probablemente, Micaela le añadiría el «de mayor solera» si no hubiera desaparecido en 1913 su más preciado tesoro: el retablo y el frontal de la capilla de la Virgen del Cabello, dos de los ejemplares más importantes de la pintura gótica del siglo XIV. Los que pueden verse actualmente en el torreón junto a la tumba de alabastro del Canciller y su esposa son una copia realizada por el restaurador del Museo del Prado, Cristóbal González de Quesada, en 1959. Fue una de las restauraciones importantes realizadas por la Diputación, entonces dirigida por Manuel Aranegui. Los originales fueron vendidos en 1913 «con las debidas licencias» y acabaron en el Instituto de Arte de Chicago, de los Estados Unidos, donde se exponen ahora. «Hay que entender la venta en su momento. La obra sufría por las goteras y nosotros no teníamos dinero para restaurarla», justifican las monjas dominicas. «Si no se la llevan, hoy no quedaría nada», rematan. El retablo estaba pintado sobre madera, es de la escuela gótica navarra y representa en trece tablas un camino de salvación. Es una obra esencial para valorar el arte de Quejana. Baste un dato. Micaela Portilla, en su descripción le dedica 18 páginas.
Aparte de los primeros años, cuando recibieron las generosas donaciones del padre del Canciller, las monjas dominicas lo han pasado más mal que bien. En 1520, el conde de Salvatierra, Pedro López de Ayala, se unió a los comuneros contra el emperador Carlos V. La derrota hizo que el linaje cayera en desgracia. De tener 6.500 vasallos en Salvatierra, Gauna, Urcabustaiz, Ayala, Llodio, Orozco y Arceniega, pasaron a la nada. El apellido sólo se rehizo al entroncar con los duques de Veragua, Berwick, Liria y Alba, cuya duquesa es actual patrona del monasterio. En una carta, las monjas calificaban el estado del palacio, de «ruina». Era el año 1737. Un siglo y medio después, el escritor Ricardo Becerro de Bengoa criticaba la desidia oficial tras una excursión al monumento, que el considera el primero de Álava. «El corazón se siente avergonzado. Tan gloriosa memoria, tan histórico sitio, tan rica tumba, yacen indignamente abandonados entre el polvo y con señales del más censurable olvido», escribía. Luego, llegó la venta del retablo a los americanos.
En los últimos años, la participación directa de los diputados generales ha conseguido que algunos edificios se restauren. Pero nadie ha logrado que las monjas se queden.