La versión teatral, la puesta en escena y el trabajo de actores evita el peligro de estatismo o, lo que sería peor, de ausencia de conflicto y de acción dramática. Nada de esto sucede aquí. Por el contrario, nos encontramos ante una peculiar comedia, con su fuerte dosis de ingenio, con su cuidado por el diálogo elegante y en ocasiones mordaz, y hasta su moderada acción dramática fluida y armónica.
Posiblemente el espectador ávido de novedades o el público que reclama un mayor riesgo en lo formal o una mayor implicación política o social en los contenidos quedará decepcionado. Sin embargo, y pese a esa ausencia de novedad, la historia se nos ofrece como una trama deliciosa, plena de humor y de una delicada ironía y, desde su planteamientos y pretensiones, teatralmente eficaz.
Se ha buscado la austeridad en la escenografía. En ese terreno, Jose Luis Raymond apuesta por una puesta en escena fría y funcional pero que define con nitidez los diversos espacios donde ocurre la acción.
Pero sobre todo destaca el trabajo actoral. Juan Luis Galiardo y Kiti Manver realizan un trabajo interpretativo muy ajustado a ese tono de aparente frialdad o de una pasión controlada vinculada a su peculiar relación y a su reencuentro. Saben jugar con sus personajes, los ven como unos 'otros', y esa distancia hace que lleguen más nítidos a la platea.
Singularmente, hemos de referirnos a Galiardo, un actor elegante, sutil, cautivador que domina los diversos registros y se muestra sereno siempre, dueño de la situación y de la acción. Si el montaje buscaba su lucimiento, el objetivo está plenamente logrado.







