En cuanto a la OTAN, ha venido a mediar para que Ucrania y Georgia sean incorporadas a los activos de la Organización. Pero el plácet arrastra riesgos: el cabreo de Rusia y una hipoteca no sólo para la UE, sino para la propia autonomía en política exterior de su sucesor. Lo que aconseja hoy la prudencia es disfrazarse de florero o de lámpara, como hacían los judíos sedicentes en 'La vida de Brian' cuando las legiones romanas entraban de improviso en sus casas para efectuar un registro. Pensando en lo bien que nos ha ido su estrategia en el Próximo Oriente, cuyo futuro más amable pasa por una guerra civil, sin considerar la amenaza nuclear. Hasta Sarkozy, que le prometió amor eterno en la intimidad de su rancho en Texas, se niega a firmar un nuevo cheque en blanco. Mandará algunos soldados más a Afganistán, pero su intimidad no da para tanto. Lo mismo sucede con Alemania, que tampoco parece dispuesta a enfadar a Putin por la entelequia de unos intereses, que de beneficiar a alguien beneficiarían a EE UU.
En el fondo, unos y otros saben de Bush lo que yo de mi hija adolescente, que aunque me esfuerce malgastará mi confianza. Ucrania es un país dividido en dos partes iguales, una de ellas pro rusa y la otra pro occidental, y Georgia una república que no ha dejado de padecer tensiones separatistas. Así que Europa no sólo heriría los sentimientos rusos, ya a flor de piel, sino que coadyudaría a consolidar causas perdidas como la de Yúshenko y la hermosa Timoshenko; en el poder por los pelos.







