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ANÁLISIS
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Tampoco yo quiero fotografiarme con Bush. ¿Qué dirían mis amigos? Ya no es el 'pato cojo', sino que la enfermedad ha progresado y puede decirse de él que es un pato tetrapléjico, que por no interesar, no interesa ni a los cazadores de autógrafos. En realidad, a su condición palmípeda se une ahora la de 'homeless', presidente impopular que deviene en pedigüeño. A eso ha venido a Europa y a la OTAN, a pedir. Aunque creo que con él ya no funciona ni la tarjeta de visita que un texano, paisano suyo, dio a mi querido Reino en uno de sus viajes de barón Munchausen: profesión, magnate. Si al menos hubiese sido actor como Reagan o fabricante de cacahuetes como Carter... Pero sólo ha sido un pésimo estadista al que sus belicosas decisiones han dado una patada en nuestro culo. Carece, por tanto, de cualquiera de las dos cualidades de un político: su activo y su atractivo. A Bush no le cree nadie, porque se le ha perdido el respeto. Yo creo que hasta Moratinos salta de acera para evitarle y soportar aquellas largas charlas que mantenía entre pasillos de más de quince segundos, en los que daban un repaso al panorama internacional. Bush, ahora, está más que para saludar para que lo saluden.

En cuanto a la OTAN, ha venido a mediar para que Ucrania y Georgia sean incorporadas a los activos de la Organización. Pero el plácet arrastra riesgos: el cabreo de Rusia y una hipoteca no sólo para la UE, sino para la propia autonomía en política exterior de su sucesor. Lo que aconseja hoy la prudencia es disfrazarse de florero o de lámpara, como hacían los judíos sedicentes en 'La vida de Brian' cuando las legiones romanas entraban de improviso en sus casas para efectuar un registro. Pensando en lo bien que nos ha ido su estrategia en el Próximo Oriente, cuyo futuro más amable pasa por una guerra civil, sin considerar la amenaza nuclear. Hasta Sarkozy, que le prometió amor eterno en la intimidad de su rancho en Texas, se niega a firmar un nuevo cheque en blanco. Mandará algunos soldados más a Afganistán, pero su intimidad no da para tanto. Lo mismo sucede con Alemania, que tampoco parece dispuesta a enfadar a Putin por la entelequia de unos intereses, que de beneficiar a alguien beneficiarían a EE UU.

En el fondo, unos y otros saben de Bush lo que yo de mi hija adolescente, que aunque me esfuerce malgastará mi confianza. Ucrania es un país dividido en dos partes iguales, una de ellas pro rusa y la otra pro occidental, y Georgia una república que no ha dejado de padecer tensiones separatistas. Así que Europa no sólo heriría los sentimientos rusos, ya a flor de piel, sino que coadyudaría a consolidar causas perdidas como la de Yúshenko y la hermosa Timoshenko; en el poder por los pelos.
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