No queremos alarmar a la población, pero este domingo peligra la ducha tras el paseo en bici por Abandoibarra, la confección de la paella de marisco y la fabricación de los hielos que acompañan a la copa que nos atizamos, a modo de anestésico y también de talismán, en el mismo instante en que el Athletic salta al campo. Son, sin duda, grandes instituciones de nuestra rutina dominguera.
Se prevé que, ante la anunciada escasez, la ciudadanía tratará de hacerse con agua embotellada. Conociéndonos, el nerviosismo que se vivirá a partir de hoy en los supermercados podría hacernos pensar que acaba de desencadenarse una guerra nuclear.
El Ayuntamiento aspira a que todo quede en una bajada de presión, pero la operación es peliaguda y parece que la red de tuberías de Bilbao no está para muchos trotes. Un pequeño ejército de técnicos se prepara para que la cosa duela lo menos posible y para reaccionar con rapidez si se escucha algún 'crack' más rotundo de lo habitual. Esperemos que todo vaya bien, pero lo que es nosotros vemos un fontanero y nos echamos a temblar. Las averías suelen ser grandiosas, muy complejas; las facturas, escalofriantes.
Salvando las molestias que el corte causará en sectores como la hostelería, estos breves periodos de sequía no nos vienen tan mal. Estamos acostumbrados a que baste con girar el grifo para que surja un chorro de agua potable y más o menos cristalina. Es uno de esos prodigios cotidianos que no sabemos valorar. Si lo pensásemos un poco, cada vez que llenamos un vaso de agua deberíamos hincarnos de rodillas y componer un poema de los dones, un íntimo agradecimiento a la naturaleza, al dios Neptuno y a la civilización. Hay algo milagroso en disponer de agua cuando tenemos sed. Eso por no hablar de los hielos para el copazo, claro. Reconocer nuestra fortuna nos ayudará a ser más sabios y también, quién sabe, más felices.





