Un tribunal de Pekín sentenció al activista, de 34 años, a tres años y medio de cárcel. Su delito: el vago y genérico crimen de haber «conspirado para intentar la subversión contra el poder del Estado». Las pruebas en su contra: haber publicado en Internet comentarios críticos con el régimen y a favor de los derechos humanos y, lo que es aún más grave, haberse convertido en una estrella mediática de la disidencia al conceder entrevistas a periodistas extranjeros.
Ése ha sido el verdadero motivo para silenciar la voz de Hu Jia, quien ha sido nombrado por la revista 'Time' una de las cien personalidades más influyentes del mundo. No en vano, el disidente, nominado el año pasado al Premio Sajarov de las libertades que concede el Parlamento Europeo, ha denunciado en reiteradas ocasiones los abusos del Gobierno chino en Tíbet, los problemas medioambientales del país y la penosa situación de los pobres campesinos contagiados de sida por un escándalo de venta de sangre.







