Una coyuntura donde resulta imposible concebir un escenario de cierta aproximación y colaboración con dicha formación radical. La decisión del PNV de negar su apoyo a la moción de censura contra la alcaldesa de ANV de Arrasate, en mi opinión, resulta un error de calado. Pero siendo grave la decisión, la explicación me resulta lamentable políticamente. Después de mostrar el desprecio que les merece la actitud mantenida por ANV ante el asesinato de Isaías Carrasco, y manifestar que la alcaldesa, debido a esa actitud, no es digna de ser la primera autoridad de Arrasate, uno no alcanza a entender qué razones de superior valor y mayor consideración existen en la mente de un demócrata y un nacionalista que le lleven a dar prioridad y relevancia a otros criterios y valores.
La razón de fondo para negar el apoyo a la moción de censura es de orden político, de corte partidista; es decir, una razón que tiene su justificación en una estrategia de partido que poco o nada tiene que ver con la gobernación de Mondragón, ni con la exigencia ética de responder solidariamente con las víctimas de las amenazas de ETA.
Esa estrategia que se concreta en la necesidad de mantener abierta la disposición favorable a una hipotética colaboración con esa izquierda abertzale, representada ahora por ANV, que a pesar de todo lo que ha sucedido durante estos treinta años, sigue sin condenar la violencia de ETA y sin las agallas suficientes como para hacer una valoración sobre las repercusiones negativas que la actividad de la organización militar tiene en su propio proyecto político.
Se rechazó la iniciativa sencillamente porque se cree que esta vía les lleva a un terreno complicado para sus pretensiones estratégicas, basadas en la acumulación de fuerzas nacionalistas y en la articulación de un soberanismo de corte radical. A eso creo que se refería Egibar cuando justificó el rechazo en base al argumento de que la iniciativa no nos conduce 'a escenarios progresivos de normalización'. En mi opinión, en ese esquema de pensamiento, ya no se trata tanto de pensar en las razones del PNV, ni en su interés, cuanto de cuidar que no se malogren esos otros escenarios, cuya materialización, desgraciadamente, no dependen del PNV, sino fundamentalmente de ETA.
Cada vez se intuye más fácilmente el riesgo de la incompatibilidad real entre las dos grandes corrientes en el PNV. A pesar de que nadie hablará de la división interna y de que todos apelarán a la unidad, cada nuevo acontecimiento político les va a interrogar sobre el contenido real de esa unidad. Parece claro que el sector más soberanista plantea un futuro político en el que se le asigna al PNV la tarea de articular un espacio distinto al de su partido, un escenario similar al del pacto de Lizarra, tomando para ello como base un nuevo acuerdo. El llamado soberanismo de ELA. Lógicamente, ello descarta cualquier estrategia de colaboración con los socialistas.
La otra gran corriente, la que se reconoce como mayoritaria y se identifica con el pactismo y el soberanismo pragmático, se encuentra con problemas de definición, pero sobre todo con la enorme responsabilidad de tener que definir cuáles son hoy los intereses propios del proyecto del PNV, sin que se diluyan en ningún tipo de movimiento aberriano. La historia seguramente volverá a repetirse. Veremos si es como drama o como parodia.
x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com







