
«Lo que hemos desentrañado es la aritmética de todos los días de la cultura Acolhua, una de las dos existentes cuando llegaron los españoles», explica Jorge y Jorge desde su despacho de la UNAM. Y lo que han averiguado, entre otras cosas, es que el cuerpo humano es la medida de todo y sus cómputos con fracciones «son semejantes a nuestra forma de convertir minutos en horas y pulgadas en pies».
El hombre era la medida
Después de siete años de estudio de los códices, las investigadores han averiguado cuáles eran las fracciones de la unidad de medida azteca, el tlalquahuitl. Esta unidad equivalía a tres varas españolas (la vara media 83 centímetros), la distancia entre la punta de los dedos de una mano extendida a lo alto y los dedos del pie, y tenía cinco fracciones.
«Estaban el hueso, el brazo, el corazón, la flecha y la mano. Y se hablaba como en el sistema de medida anglosajón o cuando decimos la hora, no como en el sistema decimal. Así, nunca se hablaba de 1,3 tlalquahuitl, sino de un tlalquahuitl y un brazo, como cuando se dice un pie y tres pulgadas o una hora y diez minutos», explica Jorge y Jorge. El hueso era un quinto de la unidad; el brazo, un tercio; el corazón, dos quintos; la flecha, la mitad; y la mano, tres quintos. La medida era el hombre: el corazón equivalía a la distancia entre este órgano y la punta de los dedos, y la flecha a la que separa las puntas de los dedos de las dos manos con los brazos extendidos.
Las investigadoras han deducido, además, las fórmulas matemáticas empleadas por los aztecas para calcular las áreas de sus terrenos. «Eran contadores concienzudos cuando se trataba de la propiedad de la tierra y de las transacciones de bienes raíces. Era importante para ellos tener lo más exactamente censadas las propiedades para cuando había que dar la dote a un hijo o cuando un padre moría y tenían que repartirse sus posesiones entre los herederos», destaca Jorge y Jorge.
El códice de Santa María Asunción, depositado en la Biblioteca Nacional de México, y el Codex Vergara, que está en la Biblioteca Nacional de París, documentan las dimensiones de unas 2.000 parcelas de terreno y, aunque no están completos, van a servir, gracias a este trabajo, para «dar un mayor valor a una cultura azteca de la que siempre se destaca el lado más sangriento».







