El término 'afganización' es uno de los más usados entre los políticos locales y los representantes de la comunidad internacional. «Al comienzo se perdió mucho tiempo y ahora estamos avanzando contrarreloj, pero lo que está claro es que la solución pasa por los propios afganos», considera un diplomático europeo con larga trayectoria en Kabul.
Dentro de las fuerzas de seguridad se están dando pasos en la formación y equipación de un Ejército nacional, que ya cuenta con 70.000 efectivos, y una Policía que sea capaz de recuperar la confianza de unos ciudadanos entre los que goza de muy mala reputación. Su presencia es ahora importante en las capitales de provincia, donde circulan en los flamantes todoterreno americanos de color verde que les ha proporcionado EE UU, «pero además del material, es imprescindible invertir en la formación de los agentes», considera un experto de seguridad de la ONU, partidario de un «despliegue afgano importante en las zonas del sur para evitar un nuevo baño de sangre porque ellos son los que mejor conocen el terreno».
Salida al desempleo
Las academias militares y de policía están a rebosar. El trabajo en seguridad, pese al gran riego que conlleva -ellos sufren el mayor número de bajas, muy por encima de las fuerzas de la coalición-, se ha convertido en una buena salida para los jóvenes de un país en el que el desempleo es endémico. «El problema son los sueldos, que en el caso de la Policía, por ejemplo, no superan los 65 euros, y esto no ayuda al fin de la corrupción», opina el general Scholz.
«Las dudas en el seno de la OTAN corren a favor de la insurgencia, que ya controla distritos enteros e importantes carreteras del país», destaca el analista Ghulam Raza. Según informes de diferentes agencias internacionales, «la presencia talibán es estable en el 54% del territorio» y, para Raza, «esto ejerce una fuerte presión psicológica sobre una población que cada vez ve más legítimo el papel de resistencia frente al invasor».







