A su juicio, hay que educar y que los beneficiarios actúen en consecuencia. El mayor problema es la escasez de medios y el peso de las mentalidad tradicional. La vulnerabilidad de la mujer requiere que se le den instrumentos para reforzar su rol en las relaciones de pareja y que sepa negociar para preservar su salud. «Que sepa dónde acudir cuando la agreden, por ejemplo», indica y destacalas reticencias a exigir el uso del condón a sus compañeros. «Temen que puedan ser consideradas infieles y, además, la maternidad se ve con orgullo».
La detección temprana del sida también es rechazada habitualmente. Muchos prefieren no saber, ya que no pueden enfrentarse a la carestía del tratamiento. Desde hace años, en Burundi existe un programa nutricional para reforzar las defensas de los afectados. «Incluso había personas que querían infectarse para acceder a la comida. Hay que tener en cuenta que nos movemos en un escenario de pobreza extrema, un país que ha de importar casi el 20% de los alimentos».
Para González, el error estriba en entender la lucha contra el sida como una cuestión sólo médica. «Concurren factores sociales, culturales y religiosos. Si no se asume esa complejidad, no cabe esperar buenos resultados».







