La historia de este individuo sólo suma preguntas a otras que Sánchez Piñol se hizo en su magnífico friso de 'Payasos y monstruos' africanos, en el que exponía la personalidad maniaca de caudillos como Bokassa, Idi Amin, Mobutu, dictadores que se creían dioses: «¿Cómo hacer justicia a miles de ciudadanos asesinados? ¿Cómo referirse a las apisonadoras de Macías que planchaban a los opositores? ¿Cómo hablar de los niños apaleados hasta la muerte, en la Centroáfrica de Bokassa? ¿Cómo recordar tantos opositores a Mobutu misteriosamente desaparecidos, a los ametrallados por buscar diamantes en el barro? ¿Cómo no citar a los centenares de muertos por inanición en la Guinea de Sekou Touré? ¿Quién prescinde de los miles de niños muertos de hambre en la Etiopía de Haile Selassie?
Con la segunda edición del dictador de Zimbabue nos arriesgamos a una matanza ritual de cuantos se opusieron a sus desmanes, o al levantamiento de los que no tienen qué perder y resuelven sus problemas a machetazo limpio, como ya vimos en Zambia. No vale enviar entonces cascos azules como fuerza de interposición dedicada a recoger cadáveres calcinados de las calles, fruto de bárbaros linchamientos. La restauración del déspota o el eufemismo de una segunda vuelta que sancione el fraude insuficiente de la primera son una pésima noticia, en especial para los ciudadanos de aquel país asolado por el hambre y, de nuevo, en manos del monstruo.
Todo habrá vuelto a la situación anterior: «El miedo, la ignorancia, el temor, la impotencia y la inminencia de un poder impredecible y violentamente trastornado. La gente sabía qué iba a ocurrir y han guardado su alegría para otra ocasión», concluía Jan Raath, enviado de 'The Times' a las elecciones, uno de los pocos periodistas testigos del cambio imposible.







