
Según las estadísticas sanitarias, una media de 1.700 personas fallece al año en Álava por causas que precisan algún tipo de cuidado paliativo. De ellas, 800 requieren asistencia muy específica dadas sus características. Sin embargo, «sólo la mitad de este grupo cuenta con equipos preparados» para dispensarles la atención que necesita. La explicación a este desfase no es otra que la falta de medios. «A día de hoy no hay recursos suficientes, ni médicos preparados para cubrir toda la demanda», denuncia el presidente de Arinduz, una organización integrada en la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, el referente y principal interlocutor del Ministerio con las diferentes administraciones sanitarias del conjunto de España.
Álava dispone únicamente de dos equipos especializados en cuidados paliativos. Con más de catorce años de trayectoria, el hospitalario de la Clínica Álava -tiene 20 plazas concertadas con Osakidetza- asiste a unos 140 enfermos al año. «Se trata de pacientes muy complejos y, en algunas ocasiones, de personas que además carecen de cobertura familiar», detalla Adolfo Delgado, uno de los médicos de este centro.
El segundo se ubica en el hospital Txagorritxu desde hace siete años. Se trata de una unidad funcional, es decir, valora el tratamiento que debe aplicarse a estos enfermos y realiza su seguimiento durante su hospitalización y cuando son enviados a su domicilio. En total, ve unos 250 casos anuales. Su responsable es María José Almaraz. Miembro también de Arinduz, esta doctora del sistema público no tiene reparos en señalar que «hay gente que muere en malas condiciones».
Atender a la familia
¿Qué significa morir en malas condiciones? Depende de cada persona, pero en líneas generales supone que el paciente terminal no ha tenido acceso a un tratamiento «que palíe los síntomas físicos, como el dolor o la falta de apetito, mitigue el sufrimiento emocional, establezca una buena comunicación para que no tenga una sensación de abandono y atienda a la familia, que también está sufriendo, para que no enferme emocionalmente. Si una persona está bien atendida en sus últimos días, los parientes encaran mejor el duelo después de la muerte», asegura Delgado.
Este decálogo no se cumple la gran mayoría de la veces. «Sabemos que Osakidetza quiere mejorar, pero urge avanzar porque las necesidades crecen. Lo pacientes terminales no pueden terminar su vida en las Urgencias hospitalarias porque la familia no sabe qué hacer. Se trata -concluye- de ofrecer humanidad».









