Pero los senadores de Illinois, Barack Obama, y de Arizona, John McCain, están pasando por una casi transfiguración para hacerse más atractivos al gran público que votará en las elecciones generales - a diferencia de los militantes que acuden a las primarias y que son por definición una minoría-.
Como en todas las campañas, una vez superada la selección de las primarias que obliga a los candidatos a centrarse en sus bases más fieles y extremas, la lucha se desplaza al centro, donde está la mayoría de los votos y también de los electores que emigran fácilmente de uno a otro partido.
La situación es más clara para McCain, pues es ya el candidato definitivo republicano en tanto que Obama todavía ha de ganar las primarias contra Clinton y aún debe atender antes las primarias sin perder de vista las generales. Ya en esta fase, Obama trata por todos los medios de modificar una imagen hasta ahora poco aireada y que sin duda proyectarán los republicanos si se convierte en el candidato demócrata: la de un radical de izquierdas, que en los dos años que lleva en el Senado apoyó siempre las posiciones más progresistas, desde el aborto en la fase final del embarazo hasta la subida de impuestos, pasando por el aumento del gasto público y las concesiones en política internacional.
Obama tiene a su favor a los sectores que se abstienen en las votaciones, pero que este año parecen seguirle con entusiasmo: los negros y los jóvenes, que se van registrando para votar a niveles desconocidos. Una espada de dos filos, pues cuanto más entusiasmo negro despierta, más pierde la imagen de candidato 'culturalmente blanco', que le ha valido hasta ahora el apoyo de profesionales independientes y de republicanos de centro, asqueados por la guerra de Irak.
Además de mudar de piel, Obama necesita convencer a los electores de que ellos son independientes y rechazan los esquemas tradicionales para romper de una vez el molde y votar al primer candidato negro a la presidencia y que promete unidad racial y esperanza. McCain también apela a estos espíritus independientes que siempre le han sido fieles y casi le dieron la candidatura hace 8 años, cuando perdió ante Bush por la desconfianza que inspiraba -y todavía inspira- a los más conservadores.
Durante las primarias, trató de bruñir sus credenciales conservadoras, pero ahora trata de sacudirse el lema de 'Bush-McCain' que ya usan contra él los demócratas, así como de impedir que los independientes que siempre lo adoraron deserten a las filas de Obama. Y así, mientras Obama critica los «excesos progresistas de los 60» -la generación de Hillary- McCain compensa su belicismo en Irak sin nombrar a Bush, pero rechazando abiertamente la política unilateral de éste al decir que ni una superpotencia económica y militar como Estados Unidos puede basar exclusivamente en la fuerza su política internacional.
Está por ver si los electores aceptarán estas metamorfosis y, más aún, si el electorado realmente puede cambiar. De momento, las encuestas ponen a McCain por delante de Clinton o de Obama, algo increíble en un año en que la Casa Blanca parecía inalcanzable para cualquier político republicano.











