
Pese al miedo a que la red reventara por alguno de sus puntos, el agua se adaptó a su cambio de dirección sin problemas y los técnicos respiraron aliviados. Aun así, había dos personas que seguían la evolución del consumo de los vecinos de la zona en tiempo real a través de un ordenador. «Todo va bien», se felicitaban sin dejar de mirar de reojo los gráficos que reflejaba la pantalla. También vigilaban de cerca el depósito de Larraskitu, fuente de alimentación que sustituía al de Elejabarri, y además estaban en contacto telefónico permanente con el Consorcio de Aguas. El primer momento crítico había sido superado, pero aún quedaba una larga y delicada jornada de trabajo por delante.
Después de picar y retirar tierra y piedras de forma simultánea en los tres puntos de Rekalde donde estaban previstos los empalmes, llegó el momento de abrir la tubería 'vieja' para extraer el agua residual que había quedado en su interior tras el corte del depósito de Elejabarri. Al tratarse de una considerable cantidad de agua, fue necesario seccionar el tubo por dos partes. El primer tajo se acometió en el codo entre las calles Gordóniz y Biarritz, punto que marcaría el devenir de toda la operación, y el segundo se ejecutó a la altura de la calle Ciudadela. Primero un corte con sierra, después embistes con la excavadora. Pero con cuidado. Había que controlar que el chorro de agua a presión no superara la altura de la zanja.
Luego tocaba achicar con bombas el agua que anegaba la zanja, maniobra que se prolongó más de una hora. Ya por la tarde, los operarios comenzaron a aproximar la nueva red a los ramales ya existentes. La delicada operación duró varias horas. «Aquí no acaba la cosa. Toda la semana que viene será crucial para comprobar que la red va bien. Tendremos que seguir su evolución de cerca», explicó uno de los técnicos.





