Los muchachos se están jugando mucho. Por un lado, su formación intelectual, su éxito académico y su futuro profesional. Por otro, las vacaciones de verano, que naturalmente es lo único que les importa, como a cualquiera. Uno termina haciendo grandes sacrificios por ir a la playa: es una de las verdades últimas de la existencia humana. Los estudiantes están dispuestos a ir a una academia. Atrás quedan largos meses de clases dedicadas a las nobles artes de la somnolencia pública, la intervención artística en pupitres, el cuchicheo lúdico y la papiroflexia.
Hay cosas que nunca cambian. Las matemáticas, por ejemplo. Y quizá debieran hacerlo porque continúan siendo el hueso más duro de roer para los alumnos. Lo cierto es que alguien debería tomar cartas en el asunto, algún psicólogo, algún pedagogo, algún psicopedagogo o incluso alguien que sepa algo sobre educación. Porque está claro que la culpa no es de los estudiantes, sino de las matemáticas.
Iñigo Larrucea estudia en los Jesuitas y toma clases de refuerzo en la academia San Ignacio. Quiere estudiar derecho económico en Deusto y este año se enfrenta a la Selectividad. Iñigo es un chico sensato que conseguirá sus objetivos y se convertirá en un ciudadano de orden. Lo hemos detectado rápidamente. Fíjense en él. Además de matemáticas, estudia kick boxing, pero en ningún momento se ha planteado aprobar el curso encerrando a su jefe de estudios en un despacho y utilizándolo como sparring, que es algo que por lo visto hacen hoy algunos jóvenes de su edad justo después de poner el móvil en el modo 'grabar paliza'.





